Fueron como una flecha, no tuvieron que esperar milograsamente, ni el tren ni el subte, en una hora y quince estaban ingresando a la Academia Nacional del Tango. El abuelo estaba radiante, con una camisa a rayitas, un ambo azul marino y un pañuelo de seda al cuello, que le daba aires de capitán de barco. Gastón lucía un jeans gastado y unas zapatillas sobrias, pero se había puesto una chomba verde nueva que lo potenciaba bastante. Llegaron para el final de los discursos, por suerte, y se sentaron adelante. La banda de tango que cerraba el evento comenzó a sonar. Arrancó el papá de Gastón, maniobrando las primeras notas en su viejo fuelle.
Promediaba una milonga y en la parte de adelante se había improvisado una pista con los más entusiastas. El abuelo murmuraba con los ojos entrecerrados y Gastón seguía el ritmo con la punta del pie. Por delante de sus ojos, una pollera gris revoloteó y los dos vieron a la misma pelirroja, como una aparición sorpresiva. La mismísima bailarina erótica había saltado la medianera de su casa y estaba frente a ellos, moviéndose cadenciosamente.
Al empezar una nueva pieza, el abuelo se adelantó sigilosamente y con soltura le dió vida al último vals de la noche, de la mano de la vecina, que a está altura se movía como un delfín en el agua.
-Qué casualidad venir a encontrarnos acá- dijó la vecina, que resultó llamarse Laura, profesora de Ciencias Sociales y fanática del tango, sobre todo de la Guardia Vieja.
-Vine por mi nieto- se disculpó el abuelo, dejándole el asiento elegantemente.
- Yo vengo bastante a las milongas, con mis compañeras del colegio. Se vinieron desde Monte Grande...- Miró a Gastón con curiosidad y al segundo volvió al abuelo. ¿Nos volvemos juntos entonces, no?- Sonrió con simpatía y se despidió de los dos.
Charlaron unos minutos con Aníbal, papá de Gastón, que guardaba el bandoneón con parsimonia en una caja de madera.
-Ahora se vienen a comer a casa-, invitó.
-Papá, Cogland nos queda para el orto. Otro día seguro- contestó Gastón que ya estaba hinchado las pelotas. Se tiraron rosas un poco y se despidieron prometiéndose mutuas visitas. El aire frío que venía del río los despabiló en cuanto salieron a Avenida de Mayo.
Caminaron para el bajo. En la esquina, la pelirroja vecina se despedía efusivamente de dos amigas. Gastón quizó esquivarla bajando a la calle, pero el abuelo no lo acompañó.
-¿Nos volvemos?- dijo la mujer con mirada chispeante.
- Si, nosotros vamos hasta la nueve de julio, para volvernos en la combi. Se escuchó a si mismo y le parecío que proponía el peor programa para rematar la noche. Por suerte para todos, la señorita sacó de su enorme cartera las llaves de un auto. Asi fue que se subieron a un 147 blanco con los vidrios polarizados, Gastón fue contento como una criatura en el asiento trasero,cruzaron veloces la autopista 25 de mayo buscando una radio de tango "en serio". Las risas y el viento le hicieron perder la mayor parte de la conversación entre ella y el abuelo, pero el viejo se las arreglaba increíblemente para desatar una risa a la muchacha tanguera, cada dos kilómetros. Lo cual era un buen promedio para cualquiera, pensó Gastón mientras dormitaba en el asiento.
Frenaron de golpe, como en casi todas las bocacalles que venían cruzando.
-Llegamos muchachitos- dijo Laura apoyándose en el volante.
-Te abro el portón.- se adelantó el abuelo solícito.
-Es eléctrico, no te preocupés, lo abro yo. Lo que sí, mañana te traigo el DVD que yo te digo, en el que Gardel canta un chamamé, te lo juro- dijo risueña.
-Eso hasta que no lo vea, no lo creo- discutió el abuelo sosteniéndo el asiento para que salga Gastón. Se despidieron con un beso ruidoso y el abuelo permaneció en la vereda como un caballero, hasta que el auto desapareció detrás del portón de rejas. El abuelo Jorge entro revoleando las llaves sobre la mesa, y con gracia, improvisó un paso de milonga en el living semioscuro.

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