Cuando estuvo en la vereda, se dio cuenta que no tenía donde ir. Estaba contento por su abuelo, pero hacía un frío bárbaro y ni siquiera había podido ir al baño. Llamó a Hernán y le dio directo la casilla de mensajes, -Seguro que todavía está laburando.- Decidió dar un par de vueltas, hasta que se le ocurriera algo. Sacó una tuca del bolsillo, que era lo único que había rescatado antes de marcharse. Fumó placenteramente y se dejó llevar por su instinto. Caminó y caminó, sin seguir un rumbo fijo. Antes de llegar a Boulevard Buenos Aires sintió que le chistaban desde atrás.
-¡Gastón Aníbal Galliano! Desde las sombras espesas, debajo de un álamo, la figura de una mujer se transparentaba como un fantasma. Tuvo miedo de estar alucinando y se echó para atrás.
-¡No tengas miedo! ¡Soy yo! ¿No me reconocés?- la silueta se acercó a la parte iluminada de la vereda. Era la vecina de camisón blanco que había cruzado la otra vez.
-¡Soledad!- dijo Gastón maravillado.
-¡Que hacés chiquito!- Dijo la chica y le dio un beso.
Gastón no lo podía creer, estaba frente a la chica Spataro, la muchacha más preciosa que había conocido en la secundaria. Fue su compañera de Inglés particular durante varios años, pero hacía mucho tiempo que no sabía nada de ella. Era una de los tantas amistades que se había hecho al mudarse a los catorce años a la ciudad de Monte Grande. Cuando su papá lo envió a vivir con los abuelos, después de la muerte de su mamá. Anibal trabajaba de viajante de comercio, su intinerario y la profunda depresión en la que se había estacionado le impedían cuidar de nadie.
En el barrio Gastón hizo grandes amigos, muchos de ellos todavía estaban por ahí, como el Titi y Hernán. Pero la mayoría habían entrado en una nebulosa hacía años, que le impedía saber prácticamente nada de ellos. Pero ahora, nuevamente parado frente a ella, todas las tardes de la adolescencia se cristalizaban en los ojos verdeazulados de Soledad, que lo miraba como si recién se hubiera quitado el blazer y la camisa celeste.
- ¿Que hacés caminando por la calle a esta hora?- le preguntó Gastón intrigado.
- Descanso- contestó Soledad naturalmente.
-¿Cómo es eso?-
- A ver- dijo Soledad y empezó a enumerar con los dedos- Descanso del trauma bipolar de mi jefa, que a los dos minutos de felicitarme me amenaza con suspenderme; descanso de mi ex-marido que todos los días inventa algo nuevo con su abogado para hundirme en lo más profundo del fango; descanso de mi mamá a la que todos los días le duele una parte del cuerpo diferente, etc, etc. Mirá, no tengo ganas de seguir porque ahora estoy en mi elemento- dijo esta última frase con una mirada resplandeciente.
-¿En tu elemento?- preguntó Gastón que la escuchaba maravillado.
¡Ahora estoy sola por fin! A lo sumo se escucha el motor de un auto rezagado a lo lejos, o te cruzás con alguien que busca apaciguarse en la soledad y silencio de la noche, ¿no?- dijo Soledad y lo miró a Gastón esperando una respuesta.
-Digamos que no es mi caso-contestó Gastón, después de un breve silencio. Yo salí a dar una vuelta porque mi abuelo... eh... como te puedo explicar-dijo Gastón dubitativo hasta que encontró la frase adeacuada, -Mi abuelo está cortejando a la vecina. Eso, exactamente- afirmó sonriente.
-Ja,ja. No te puedo creer. Tu abuelo es el viejito de la gorra, que se llama Jorge ¿No?, que grande...- Soledad y Gastón reían. Ella estaba preciosa como siempre. Esa mirada eteréa Gastón la había guardado en los más profundo de su inconciente y ahora resurgía como las flores en primavera.
-Bueno, voy a seguir mi camino- dijo Soledad.
-Yo voy a ir a comer algo, si querés sumarte podés alejarte del mundo con la panza llena- le propuso con tono amigable.
-Otro día puede ser pollito. Ahora me voy porque me enganché con una serie de ex famosos de Vh1 ¡Qué tiene el guión más cínico que vi en mi vida! Parece "Crimen y Castigo", jaja- dijo Soledad plantándole un beso húmedo en la mejilla -¡Qué sigas bien!- y se fue desapareciendo en la sombra de la vereda.
-Vos también. Seguro nos cruzamos otra noche Sole- alcanzó a decir Gastón antes que la estela de camisón desapareciera de su vista.
Gastón encaró para la parrillita de la estación. No quería pecar de inoportuno. Apuró un sandwich de bondiola con una cerveza antes de emprender el regreso. La casa estaba oscura y silenciosa, y con olor a cigarrillo. Se dio una ducha rápida y se metió en la cama. Los ronquidos de su abuelo, esa noche, sonaban menos atronadores; como escuchar en la oscuridad el tren desde la cama. Entre amables pensamientos, después de mucho tiempo, pudó tomar una decisión importante:
-¡Voy a comprar una estufa de tiro balanceado, porque en esta casa te cagás de frío!- pensó en voz alta.
Esa noche, después de muchas noches, Gastón pudo dormirse, sin dar cien vueltas en la cama.

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