Era un domingo de lo más soleado, promediaba el mes de julio y el abuelo y su nieto disfrutaban de los tibios rayos de un mediodía de invierno en el patio. Leían el diario y escuchaban una audición de tango, cuando el teléfono del comedor comenzó a sonar. Tanto Gastón como su abuelo no hicieron el más mínimo esfuerzo por levantarse. Pero el teléfono sonó, sonó y siguió sonando. Gastón resopló y tiró el suplemento deportivo al piso, se incoporó y caminó con paso cancino, su abuelo tarareaba una milonga que pasaban en la radio.
- Hola, ¿Quién habla?-
- Hola Gastón, soy yo, tu viejo...-
- Ah que hacés papá, ¿como va eso?- preguntó Gastón y caminó con el inalámbrico a lo largo del pasillo.
- Mis cosas, muy bien- Dijo el padre y continuó- Sigo con mi cátedra, y con la banda recorriendo el sendero de un artista, que más puedo decir. No me puedo quejar...-
-¿Un sendero? ¿Qué sendero pá?- preguntó Gastón confuso.
-Es una metáfora Gastón, quiero decir que estamos tocando con la orquesta, en la cuál, yo soy el director y bandoneonista. Este sábado nos presentamos en la Academia Nacional del Tango- .
-¡Qué bueno!- le respondió Gastón y recordó a su viejo empeñando el bandoneón, cuando no tenían un mango y vivían en esa vieja casa de Lanús Este. Por suerte, su querida madre, que en paz descanse, fue a la casa de empeño y lo recuperó. La mamá de Gastón, que además de haber sido una excelente modista, tenía el talento de hacer mucho con muy poco, sabía cuidar a los suyos.. Lo cierto fue, que una noche volvió a casa con el bandoneón laqueado para asombro de todos. Siempre se las arregló para que a Gastón y a su marido no le faltara nada.
-Gastón, hola, estás ahí- preguntó el padre.
-Si estoy acá, es que me acordé de algo- dijó Gastón volviendo en si.
-¿De qué te acordaste?
-No... de nada- dijo Gastón ya reponiéndose anímicamente.
-¿Y cómo están Nico y Lucho?- preguntó al fin.
-Bien, Nico empezó la escuelita de fútbol, está entusiasmado, parece que es zurdo como vos y Lucho empezó este año el jardín- le contestó el padre.
-Bueno me alegro mucho. Mandale saludos a Nara-
-Para, para.. Vas a venir el sabádo- alcanzó a preguntarle.
-¿Adónde?- preguntó Gastón
-A la Academia Nacional del Tango, vos me escuchás cuando te hablo, toco con la banda.- dijó el padre mordiendo las palabras.
-No sé, después te confirmo-
-Bueno espero tu llamado, después podemos ir a comer algo y charlar un poco, que no nos vemos hace un montón- concluyó el papá.
-Dale, hablamos- Gastón cortó y se dirigió al baño.
La invitación de su papá lo había comprometido a Gastón en cierto modo. Aunque no estaba dispuesto a sostener ninguna escena familiar falsa, ni desperdiciar el poco tiempo que no le robaba el laburo. Tampoco iba a aplaudir cuando tocara " La pulpera de Santa Lucía". "Ese tema, es un yeite de los tangeros que no quieren arriesgar", le había recriminado Gastón en una cena a su padre, sobre el repertorio de la banda.
Pero el sábado no hubo ningún programa tentador y además se le había ocurrido una idea genial: ir con su abuelo. El viejo, para sorpresa de Gastón, no había dado demasiada vuelta.
-Papá dijo que quería que vayas vos, dale, no seas hijo de puta...- mintió Gastón para que fuera.
-¡Acá el hijo de puta no soy yo, carajo!- se engranaba el abuelo, pero a la vez le aparecía el brillito de cierto orgullo redimido. Finalmente, después de mandarse la parte un rato, con que siempre fue el único que trabajó. ¡Desde los dieciséis años! y toda esa cantinela, se fue a bañar sin chistar. A las cinco menos cuarto ya estaba con camisa de viyela y perfumado hasta las orejas, sentadito en el medio del living.
-Salimos a las siete abuelo, tampoco vamos a ser los boludos que abren el boliche... Soltó Gastón en calzones y remera mirando el partido del nacional B de canal siete.
El viejo no dijo ni mu y espero paciente tomando mate.
-Te gusta irte de farra, ¿Eh viejo?- Solto jocoso Gastón mientras se echaba desodorante.

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