Cuando llegó a su casa ya había oscurecido. Estaba exhausto, había vuelto en el eléctrico, desde Temperley hasta Monte Grande, apretado como una sardina.Entró al comedor y estaba tan frío el ambiente como el iglú de un esquimal. Fue hasta la cocina y prendió las cuatro hornallas. Caminó hasta la pieza, su abuelo no estaba allí tampoco. Salió al jardín y descubrió al viejo trepado a la cabina de gas, se ocultaba torpemente con la ligustrina, parecía un soldadito de cotillón.
-¿Qué hacés a esta hora y acá, abuelo?-
-Shhh, que se van a ir...-
-¿Se van a ir quiénes?-
-Las minas boludo- dijo agitado. Gastón intrigado, se subió al techito de la cabina de un salto. Del otro lado de la medianera, se veía a cuatro mujeres bailando en un quincho. Había un fueguito prendido en la parrilla, algunas achuras dorándose, que una de ellas, la más gordita vigilaba.
-No me mirés a la pelirroja que es mía eh...-le susurró el viejo y se sonrió a medias.
-Viejo pero no boludo- le contestó Gastón por lo bajo. Las mujeres tenían más de cuarenta seguro, pero todavía la peleaban. Tomaban cerveza del pico de una botella de litro y hablaban a los gritos, parecía una despedida de solteros, pero al revés. No se entendía bien lo que decían porque había una radio que estaba muy fuerte, con un tema de Luis Miguel sonando. La pelirroja comenzó a bailar tambaleante, sosteniéndose con el marco de la puerta, las dos restantes conversaban animadamente y la alentaban dando grititos. A Gastón se le dormían las piernas de estar agachado, pero la cosa se estaba poniendo buena. El abuelo murmuraba frases libidinosas que, por suerte para Gastón, eran inaudibles.
-¿Es un cumpleaños abuelo?- soltó Gastón por decir algo.
-No, se juntan todos los lunes, son maestras del colegio de curas de la rotonda, la parrillera creo que es la directora. Son terribles, yo ya las conozco a todas, mirá nuestra vecinita de al lado, la más fina, lejos...- el abuelo miraba embelesado a su princesa. La pelirroja que bailaba como poseída, comenzó a desabrocharse de a uno los botones de la camisa. La gordita no dejaba de relojearla y cagarse de risa.
- Mirá, mirá- dijo el abuelo excitado. Gastón, desprevenido, levantó la cabeza, quería verlas de frente. Una fuerte tensión sexual subió como una bocanada de humo. La gordita que seguía de muy cerca a la pelirroja, dejó la cuchilla en la mesa y comenzó acercársele, la colorada amenazaba con soltarse el bretel del corpiño. Como una leona que está al acecho, la tomó de la cintura y la besó suavemente en el cuello. Estalló la carcajada de todas.
-¡La puta madre! ¡Es mía!- el grito del abuelo atravesó las risas y todas miraron hacia la medianera.
Gastón bajó al abuelo de un manotazo y el viejo cayó arriba de él.
-¿Estás bien abuelo?-
- Si, deben ser un par de costillas rotas, pero no es nada, una vez me caí del trén en el año 30, casí llegando a la estación Barracas que ahora se llama Yrigoyen...
-¡Abuelo, estás arriba de mi pierna!- gritó Gastón.
-¡Esta juventud de ahora no la entiendo!- dijo por lo bajo y se marchó rengueando hacia su habitación.
Ese viernes por la noche Gastón no conciliaba el sueño de ningún modo, daba vueltas en la cama y las sábanas le pesaban en las piernas. Se levantó para mojarse la cabeza y terminó sentado sobre las baldosas del patio tomando el último sorbo de un anís 8 hermanos que había encontrado en el fondo del aparador de la cocina. Hacía más de dos semanas que se había mudado y todavía no se acostumbraba al silencio del segundo cordón del conurbano. Extrañaba el murmullo del departamento de Once, la calefacción y las piernas de Natalia enredándose con las suyas, mientras amanecía de a poco. Los ronquidos del abuelo traspasaban el mosquitero y se esparcían en la noche. Iba a ser díficil acostumbrárse a esta vida de varón solo, churrasco y ensalada y heladera vacía. Su abuelo lo había recibido con los brazos abiertos, aunque le aclarara una y mil veces que era tan sólo por unos días, no había preguntado nada cuando los días se alargaron. El ruido de un estornudo femenino se oyó como si hubera ocurrido al lado suyo.
Pensó en las chicas y despacito se subió a la cabina de gas, quizá, si la suerte lo acompañaba a la pelirroja le había dado insomio. Pero el quincho estaba desierto. Desanimado volvió a la cama con una botella de Seven Up Ligth, privilegios de la ancianidad a los que se iba adaptando gustosamente...
Los días de mayo se iban acortando aceleradamente y no había noticias de ninguna novia arrepentida. El abuelo se iba acostando cada vez más temprano, y las señoritas maestras hacía dos semanas que misteriosamente ya no aparecían. Gastón se dedicó a ver películas en el living, con licor de chocolate y con gustosas chipás, que compraba cuando volvía de trabajar, a un señor que las llevaba en un canasto de mimbre sobre su cabeza. Los días se hicieron cada vez más cortos y las noches más largas. El invierno era muchisimo más crudo en Monte Grande que en el centro, para colmo su abuelo era un tipo que vivía como un asceta, no prendía la estufa, no cocinaba con el horno. Estas cosas a Gastón lo sacaban de quicio, pero en terminos generales, se puede decir, que la compañía de su abuelo era lo más grato que le había pasado en este último mes.

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