Un tremendo calor circulaba por el colectivo 51, ramal Cañuelas. Gastón cambió de mano la pila de dípticos de la compañía de celulares Nextel, con la izquierda depositó de a una las monedas de diez centavos, hasta llegar a los dos pesos necesarios que lo llevarían hasta Llavallol. El chofer se desesperó un poco, la cola era interminable, Gastón cambió el peso del cuerpo apoyándose en la máquina expendedora y agradeció tener el volumen de la radio tan fuerte como para pulverizar las puteadas... Pudo conseguir un asiento atrás, recién llegando a Lomas. Acomodó la mochila como pudo entre las piernas. El sol de fines de abril y el vaivén del colectivo lo fueron adormeciendo. Una serie de imágenes oníricas se sucedían en su amable somnolencia: su perra Bicha; la única mascota que había querido en su vida, la camiseta granate; estandarte que colgaba en la pared de su pieza, una cama angosta con un colchón que se amoldaba a su cuerpo, las rodillas peladas de jugar a la pelota. Se apilaban al costado de su conciencia, como un montoncito de hojas secas...
Se bajó a la altura de la barrera y caminó por una calle angosta, paralela a la vías, hasta llegar a la recepción de una pequeña fábrica de plásticos, se anunció solemnemente en una garita de vidrios polarizados.
-Buenos días. ¿Se encuentra el señor Pablo Ávila? De parte de Gastón Galliano de Nextel, teniámos una cita a las 11...- se presentó con tono convincente. En las últimas semanas su trabajo consistía, básicamente, en trasladarse en colectivos de línea un promedio de 50 km. por día, sin lograr el mínimo del premio para los ejecutivos de venta, de la empresa Patané y asociados; Representante Oficial de Nextel Argentina. En el cual Gastón ocupaba el, no muy disputado, puesto de Ejecutivo de Ventas Junior, a pesar de sus 31 años. "No hay una moneda en la calle, ni en la alcantarilla mas honda y nauseabunda...", pensó Gastón mientras esperaba a ese tal señor Pablo, quién resultó ser un chico de 25 años, que lo atendió en un mostrador que operaba de oficina improvisada.
-¿Vos sos el que vendés los blackberrys, no?- soltó el chico sin preámbulos
- Encantado- lo saludó Gastón con un fuerte apretón de manos- Yo te ofrezco un servicio de comunicación inmediata. Te explicó rapidamente-enfatizó Gastón al ver al joven un poco disperso- el sistema es Nextel, equipos de radio. La gran ventaja que tiene es que se puede conocer la ubicación geográfica de los equipos Nextel y trazar un mapa en la web con todos sus movimientos. Esta aplicación te permite monitorear desde la PC el movimiento de la fuerza de ventas o logística en la vía pública-largó Gastón sin perder la sonrisa, aunque cada vez que repetía el speech, se sentía más miserable..
-Claro, igual acá todos trabajamos adentro prácticamente, no sé si es lo que buscamos- contestó el chico con tono canchero, sacando un cigarrillo de un paquete de Luky Strike box.-¿Fumás?- le acercó el paquete. -¡Qué calor no! Acá hay aire, pero afuera debe estar insoportable...-dijo el joven mirando por la ventana.
-Ya te había comentado por teléfono que ofrecíamos equipos Nextel- le dijo Gastón con un tono severo.
-No recuerdo muy bien, pero por ahora no, cualquier cosa te llamamos- dijo el joven mirando su reloj y se marchó impaciente.
Gastón se fue sin más, con las manos vacías y un ardor acrecentándose en la boca del estómago.
Ida y Vuelta
jueves, 26 de mayo de 2011
Capítulo II
El abuelo Jorge se levantó despacio al escuchar el tercer timbrazo, alcanzó las chinelas que habían quedado muy atrás, debajo de la silla, con las puntas de los dedos. Con paso cancino cruzó la habitación. A través de la mirilla pudo ver la incipiente pelada castaño oscuro de su nieto.
-¿Gastón, sos vos?- dijo con voz cascada.-Abrí abuelo, dale que me estoy meando-
-Pará, que no tengo la llave, que se yo donde está... ¿Vos no tenés llave?-
-No, no tengo abuelo, no me la diste, bah me la diste, pero me la pediste la otra vez porque la habías perdido. ¡Dale que me estoy meando!-
-Esperá, ahí voy, soy una persona grande, sabés, si me caigo y me rompo la cadera vamos a ver quien me cuida, de toda esa manga de ladrones que lo único que sirven es para hincharme las pelotas- La voz del viejo sonaba atronadora en la habitación casi vacía: una mesa, dos sillas y un mueblecito con dos puertas y dos cajones; uno de ellos estaba ahora volcado sobre la mesa y allí los dedos finos y blancos del abuelo se movían como si fuera un artesano de las cosas perdidas.
-Bueh abuelo me voy a la mierda si no me abrís, en serio- Gastón volvía de la vereda subiéndose la bragueta, apoyó la mochila al lado de la puerta.
-Ahi voy, ya la encontré- le contestó el abuelo desentrañando un llavero del mundial 78 de adentro de una billetera raída. Giró la llave y la luz anaranjada del atardecer sacudió la habitación.
-Al fin...-Gastón entró y se desplomó en la primer silla. ¿Cómo hacés para salir siempre? Mejor que no se te incendie la casa porque te morís...-
-¡Qué me importa! Que se incendie todo y yo me voy a la...-el abuelo no terminó la frase y se quedó en el marco de la puerta, que daba a la cocina, mirando fijamente a su nieto.
-¿Qué hacés acá vos Gastón? ¿Te vas a quedar hoy también?- preguntó con tono amable.
-Si abuelo. Hablé con Natalia, quiere que nos tomemos un tiempo, que se yo, vamos a ver...- Gastón se había sacado las zapatillas y las medias.
-No quiero mugre, levantá todo eso, señaló el anciano y se fue para la cocina.
-¿Vas a comer?- preguntó el abuelo.
-Si, traje unos churrascos de cuadril del Coto-
-Bueno dale yo lo quiero bien jugoso- contestó el viejo con tono burlón y se fue para el galponcito del fondo.
Ni siquiera hay cable acá, Gastón se estiró en la vieja mecedora alternando con el control remoto entre telefé y canal trece, américa se veía mal.-
Le sonó el celular, era un mensaje de texto de Hernán:
-Hoy fiesta en lo de Titi, traete unas cervezas-
-¡Ke bien!- le respondió.
Se fue reclinando de a poco. Era la hora de los noticieros, la sentenciosa vocecita de María Laura Santillán de fondo, sonaba como el zumbido de mosca adentro de una campana de vidrio.
Capítulo III
-Ojo yo era heavy metal, en serio, así como me ves... O sea, ¿Qué ves cuando me ves? ¿Entendés?- Gastón hablaba a los gritos, con los ojos brillantes y tratando de acercar su cara a las sonrosadas mejillas de una morocha con carita de nena.-¿Cómo que veo? Te veo a vos, pero no entiendo bien lo que decís.
-Voy a tratar de ser más claro- no se le ocurría nada revelador...
-O sea, vos sos hermosa- exclamó Gastón sonriente.
- Y eso que tiene que ver con lo de heavy metal- Contestó la chica y se incorporó un poco, buscando con la vista a sus amigas.
-Pará, pará, no te vayas ahora que te perdés el show- exclamó Gastón.
-¿Qué show?- Melody abrió todavía un poco más sus ojos café y mordiéndose el labio inferior comenzó a sonreir al ver a Gastón pararse, estirándose la remera.
-Voy a dar todo de mi,... Mrrrh, mrrrh- se aclaró la garganta:
-"En lo que digo nadie se engaña: nos libramos del vencido, todos barremos con saña , a los ídolos caídos..."- , cantó Gastón de manera sentida y con la voz impostada.
Hubo un silencio muy incómodo. A la chica le parecío estar frente del chico más rídiculo que jámas hubiera pensado conocer.
-"Memoria de Siglos"- dijo Gastón en un tono muy bajo.
-¿Qué?- dijo la chica agarrando la camperita que tenía en el respaldo.
-¡Hermética! La banda metalera más grande de la Argentina- dijo Gastón exaltado.
-Perdón, no la conozco- contestó la chica con tono ofendido. -Bueno todo lindo, me voy- . Gastón alcanzó a robarle un beso en la comisura de los labios, Melody salió corriendo como si estuviera perdiendo el colectivo.
Gastón se quedó un rato, trató de conversar con Marcelo, pero la novia interrumpía la conversación a cada momento. Dio una vuelta por la casa, se sirvió un vaso de agua en la cocina, quisó conversar con la prima de Titi, pero ella estaba tan concentrada en que su niño comiera una porción de torta, que no pudieron cruzar muchas palabras. Básicamente, se aburrió sobremanera, hasta que se fue de la fiesta sin saludar.
Volvió a su casa caminando. Era una noche estrellada, las hojas se desparramaban formando sombras grotescas debajo del farol. Cruzó a Soledad, una vecina muy guapa que conocío en la secundaria, superior a él en varios aspectos: edad, altura y belleza. La vio pasar como un fantasma, con un camisón blanco, que le quedaba tan largo y holgado que le tapaban los pies. Pensó en seguirla, la curiosidad que le había despertado le hizó latir más rápido el corazón. Caminó una cuadra detrás de ella, no quería asustarla de ninguna manera. Al llegar a una esquina, ella desapareció por completo. Gastón se paró en el medio de la calle pero no había ningún rastro. "Pero que estoy haciendo, va a pensar que soy un psicópata homicida" Se criticó a si mismo y retomó el rumbo a la casa de su abuelo.
Capítulo IV
A la mañana siguiente despertó con el sonido estridente de una radio AM. Eran más de las once de la mañana. Un día nefasto para Gastón, tenía que ir a buscar a la casa de su novia, -de su ex novia, mejor dicho- el DNI, unos libros y una pava que le había regalado su abuela. Se sentó semidormido en el comedor, el abuelo que sorbía lentamente de un mate vacío, lo interrogó:
-¿Vos viniste con un perro?-
Gastón lo miró incrédulo: -Me estás jodiendo-
-Yo un perro no quiero, te mea todo el jardín, hay que darle de comer, no me hinchen las pelotas, ya bastante tengo con tu abuela que se dio cuenta que se quería separar de mi, después de haber convivido ¡CINCUENTA Y CINCO AÑOS!-, el volumen de la voz del abuelo iba aumentando como un auto con el estéreo a fondo, que se iba acercando.
-Ja,ja- rió Gastón fatídicamente.- Pensá abuelo que es una decisión muy dificil, necesitaba su tiempo...-
-No ta hagas el pelotudo- Le gritó y continuó- El muerto se ríe del desgollado- Gastón sintió que le tiraban tierra en su fosa. El humor del viejo era despiadado.
Caminó hasta la estación de Monte Grande. Apurado, con las manos en los bolsillos. Se le había hecho tarde. Había arreglado con Natalia, que pasaba a buscar sus cosas, cerca del mediodía, pero ya eran casí las tres de la tarde. "Que importa, si total tengo las llaves del departamento" pensó, mientras veía como arrivaba el tren a la estación. Cruzó el semáforo en rojo, un gordo de un Renault nueve lo puteó de arriba a abajo. A zancadas subió las ecaleras, pero cuando llegó exhausto al andén, el tren cerraba sus puertas y se despedía lentamente, barriendo las hojas amarrillas que revoloteaban como mariposas sobre las vías.
Pateó el suelo y rezongó un largo rato. El próximo tren pasaba, con suerte, en treinta minutos. ¿Cómo era posible que nadie le haya aguantado la puerta? Juan Manuel, su mejor amigo, le había contado una anécdota rídícula una vez, en la que un perro le aguantaba la puerta del tren a su dueño. Un mendigo cojo, repleto de bártulos. Prendió un pucho y caminó dando vueltas a la plazoleta del andén. Leyó un afiche pegado en una pared, era de una central obrera que convocaba a plaza de mayo a celebrar el día del trabajador. Dibujó en su mente un graffiti: ¡Feliz día de los oprimidos!, una sonrisa amarga se escapó de su boca.
Viajó en el furgón de las bicis, recorrió con la vista el paisaje: semáforos, arroyos, pintadas que se superponían como los cuadros de una historieta.
Pensó en su relación con Natalia, con cierto dejo angustioso. "Necesito aire" le dijo ella. ¿Cómo me pudo haber dicho semejante pelotudez? Porqué la gente no dice las cosas tal cúal son, loco... ¿De dónde viene eso de inventar metáforas pedorras? Estaba muy quisquillosa últimamente, rara... Pero las cosas por su nombre, Naty... Daba vueltas a ese pensamiento como una calesita y cada vez sentía la sortija más lejos. Mejor no le digo nada y veo si está arrepentida, quizá simplemente estaba confundida. Últimamente estuve hecho un satélite, medio me lo merezco.¿Y si mejor dejó que ella hable? Tenía el estómago como un revuelto gramajo.
Llegó a plaza Miserere después de un trasbordo tumultuoso en el subte A. Salió a la superficie y lo sorprendió el cambio de tiempo. El sol en el centro se va temprano, pensó, y apuró un cigarrillo antes de entrar, para ordenar sus pensamientos.
-Gastón, ¿Qué hacés acá? Ya me iba, pensé que no venías, te mandé un mensaje- Natalia lo sorprendió de atrás, tocándole el hombro. Estaba preciosa, con una campera de florcitas, que no le conocía, y una bufanda rara enroscada al cuello, pero con la misma sonrisa burlona de siempre.
-Se me hizo tarde, Monte Grande queda lejos sabés- le contestó, arrepintiéndose de su tono de reproche. -Igual está bien, de última agarro las cosas y me voy, si estás apurada, tengo la llave no te preocupés- quería mostrarse tranquilo pero las palabras hervían en su boca.
-Está bien, subamos, no hay problema, te estaba esperando igualmente- Natalia parecía despreocupada y atenta. Insertó la llave más grande del llavero y empujó la puerta de vidrio con gesto exagerado. Gastón se sintió incómodo y violento. En el ascensor percibió el olor de su pelo, el champú con gusto a coco, los rulitos negros que se le formaban detrás de las orejas. Entraron al departamento y se sintió más tranquilo, todo estaba igual que antes, no había cambiado un almohadón de lugar.
-Está todo igual- dijo Gastón y miró a su alrededor perplejo.
-Si, no pude tocar nada sabés, todavía no caigo- contestó Natalia sin mirarlo. -Te vas a tener que buscar las cosas vos mismo sabés, yo no pude juntar nada, nada- se le quebró la voz y se metió rápido en la habitación. Gastón fue detrás, pero lo detuvo el portazo.
-Abrime Naty, lo que pase lo tenemos que hablar, lo vamos a resolver juntos, por favor- A través de la puerta le llegaban los sollozos entrecortados. Empujó la puerta y la tranca estaba puesta.
-Abrí Natalia, abrí por favor- Gastón no quería levantar la voz pero estaba cada vez más enojado, todas esas volteretas a las cuales últimamente su novia lo tenía acostumbrado, lo habían hartado. Deprimido, comenzó a juntar las cosas. Buscó una bolsa. No sabía bien que hacer. Hablaba sólo y resoplaba, mientras ponía un jean, unas remeras en su mochila. Lo hacía automáticamente, su mente nadaba en una laguna con neblina. Se dirigió a la cocina y empezó a monologar en voz alta: "La gente tiene que hablar sin tapujos, yo puedo entender absolutamente todo, hasta lo más inesperado, pero no me cabe en la puta cabeza los eufemismos como: "Necesito aire". Compramos un tubo de oxígeno, yo que sé, que me estás queriendo decir. Que soy un pesado, una persona absorvente como un secante. Si ya no me querés más, es algo tan natural. No vamos a ser la primer pareja que se separa, -¿Querés un perro?- preguntó Gastón envenenado. Al no escuchar ninguna respuesta de Natalia se desesperó aun más. Revoleó la pava contra la puerta y gritó:
-¡Cuando tengas ganas de afrontar la realidad me hablás, estamos! Te dejo la pava, tampoco te voy a dejar sin tomar un mate- Escuchó movimientos en la habitación.
-Me voy Naty, hablamos en otro momento- esto último lo dijo con miedo de derrumbarse. Sin embargo, salió del departamento como un zombie y mientras agarraba Rivadavia para el bajo, con el viento gélido en la cara, se le desparramaron todos los recuerdos que venía evitando desde hacía quince días. Caminó rápido con un nudo en la garganta.
-¿Vos viniste con un perro?-
Gastón lo miró incrédulo: -Me estás jodiendo-
-Yo un perro no quiero, te mea todo el jardín, hay que darle de comer, no me hinchen las pelotas, ya bastante tengo con tu abuela que se dio cuenta que se quería separar de mi, después de haber convivido ¡CINCUENTA Y CINCO AÑOS!-, el volumen de la voz del abuelo iba aumentando como un auto con el estéreo a fondo, que se iba acercando.
-Ja,ja- rió Gastón fatídicamente.- Pensá abuelo que es una decisión muy dificil, necesitaba su tiempo...-
-No ta hagas el pelotudo- Le gritó y continuó- El muerto se ríe del desgollado- Gastón sintió que le tiraban tierra en su fosa. El humor del viejo era despiadado.
Caminó hasta la estación de Monte Grande. Apurado, con las manos en los bolsillos. Se le había hecho tarde. Había arreglado con Natalia, que pasaba a buscar sus cosas, cerca del mediodía, pero ya eran casí las tres de la tarde. "Que importa, si total tengo las llaves del departamento" pensó, mientras veía como arrivaba el tren a la estación. Cruzó el semáforo en rojo, un gordo de un Renault nueve lo puteó de arriba a abajo. A zancadas subió las ecaleras, pero cuando llegó exhausto al andén, el tren cerraba sus puertas y se despedía lentamente, barriendo las hojas amarrillas que revoloteaban como mariposas sobre las vías.
Pateó el suelo y rezongó un largo rato. El próximo tren pasaba, con suerte, en treinta minutos. ¿Cómo era posible que nadie le haya aguantado la puerta? Juan Manuel, su mejor amigo, le había contado una anécdota rídícula una vez, en la que un perro le aguantaba la puerta del tren a su dueño. Un mendigo cojo, repleto de bártulos. Prendió un pucho y caminó dando vueltas a la plazoleta del andén. Leyó un afiche pegado en una pared, era de una central obrera que convocaba a plaza de mayo a celebrar el día del trabajador. Dibujó en su mente un graffiti: ¡Feliz día de los oprimidos!, una sonrisa amarga se escapó de su boca.
Viajó en el furgón de las bicis, recorrió con la vista el paisaje: semáforos, arroyos, pintadas que se superponían como los cuadros de una historieta.
Pensó en su relación con Natalia, con cierto dejo angustioso. "Necesito aire" le dijo ella. ¿Cómo me pudo haber dicho semejante pelotudez? Porqué la gente no dice las cosas tal cúal son, loco... ¿De dónde viene eso de inventar metáforas pedorras? Estaba muy quisquillosa últimamente, rara... Pero las cosas por su nombre, Naty... Daba vueltas a ese pensamiento como una calesita y cada vez sentía la sortija más lejos. Mejor no le digo nada y veo si está arrepentida, quizá simplemente estaba confundida. Últimamente estuve hecho un satélite, medio me lo merezco.¿Y si mejor dejó que ella hable? Tenía el estómago como un revuelto gramajo.
Llegó a plaza Miserere después de un trasbordo tumultuoso en el subte A. Salió a la superficie y lo sorprendió el cambio de tiempo. El sol en el centro se va temprano, pensó, y apuró un cigarrillo antes de entrar, para ordenar sus pensamientos.
-Gastón, ¿Qué hacés acá? Ya me iba, pensé que no venías, te mandé un mensaje- Natalia lo sorprendió de atrás, tocándole el hombro. Estaba preciosa, con una campera de florcitas, que no le conocía, y una bufanda rara enroscada al cuello, pero con la misma sonrisa burlona de siempre.
-Se me hizo tarde, Monte Grande queda lejos sabés- le contestó, arrepintiéndose de su tono de reproche. -Igual está bien, de última agarro las cosas y me voy, si estás apurada, tengo la llave no te preocupés- quería mostrarse tranquilo pero las palabras hervían en su boca.
-Está bien, subamos, no hay problema, te estaba esperando igualmente- Natalia parecía despreocupada y atenta. Insertó la llave más grande del llavero y empujó la puerta de vidrio con gesto exagerado. Gastón se sintió incómodo y violento. En el ascensor percibió el olor de su pelo, el champú con gusto a coco, los rulitos negros que se le formaban detrás de las orejas. Entraron al departamento y se sintió más tranquilo, todo estaba igual que antes, no había cambiado un almohadón de lugar.
-Está todo igual- dijo Gastón y miró a su alrededor perplejo.
-Si, no pude tocar nada sabés, todavía no caigo- contestó Natalia sin mirarlo. -Te vas a tener que buscar las cosas vos mismo sabés, yo no pude juntar nada, nada- se le quebró la voz y se metió rápido en la habitación. Gastón fue detrás, pero lo detuvo el portazo.
-Abrime Naty, lo que pase lo tenemos que hablar, lo vamos a resolver juntos, por favor- A través de la puerta le llegaban los sollozos entrecortados. Empujó la puerta y la tranca estaba puesta.
-Abrí Natalia, abrí por favor- Gastón no quería levantar la voz pero estaba cada vez más enojado, todas esas volteretas a las cuales últimamente su novia lo tenía acostumbrado, lo habían hartado. Deprimido, comenzó a juntar las cosas. Buscó una bolsa. No sabía bien que hacer. Hablaba sólo y resoplaba, mientras ponía un jean, unas remeras en su mochila. Lo hacía automáticamente, su mente nadaba en una laguna con neblina. Se dirigió a la cocina y empezó a monologar en voz alta: "La gente tiene que hablar sin tapujos, yo puedo entender absolutamente todo, hasta lo más inesperado, pero no me cabe en la puta cabeza los eufemismos como: "Necesito aire". Compramos un tubo de oxígeno, yo que sé, que me estás queriendo decir. Que soy un pesado, una persona absorvente como un secante. Si ya no me querés más, es algo tan natural. No vamos a ser la primer pareja que se separa, -¿Querés un perro?- preguntó Gastón envenenado. Al no escuchar ninguna respuesta de Natalia se desesperó aun más. Revoleó la pava contra la puerta y gritó:
-¡Cuando tengas ganas de afrontar la realidad me hablás, estamos! Te dejo la pava, tampoco te voy a dejar sin tomar un mate- Escuchó movimientos en la habitación.
-Me voy Naty, hablamos en otro momento- esto último lo dijo con miedo de derrumbarse. Sin embargo, salió del departamento como un zombie y mientras agarraba Rivadavia para el bajo, con el viento gélido en la cara, se le desparramaron todos los recuerdos que venía evitando desde hacía quince días. Caminó rápido con un nudo en la garganta.
Capítulo V
En cuanto entró intempestivamente a la oficina y vio todos los boxes vacíos lo recordó de inmediato. "El desayuno de trabajo mensual del grupo de ventas de zona sur-sudeste, fuckoff...
Una sobredosis de filminas sobre ránkings, frases motivadoras, medialunas de manteca y café cortado. Mientras subía en el ascensor a la sala de convenciones tuvo ganas de vomitar. Pero al mirarse en el espejo pudo ver al chico de siempre, al que se anima a subir a la medianera para buscar la pelota, el que consigue monedas, el que encara a la más linda... Con una sonrisa confiada entró al auditorio. En la reunión habló con todo el mundo, embarró la cancha cuando fue necesario y se defendió de los buitres de siempre. A la salida se acercó su jefe, Claudio, con gesto condescendiente.
-¿Cómo está la cosa Gastón? Te veo entusiasmado, el nuevo software va a facilitar mucho la comunicación entre el Departamento de Ventas y Técnica
¿No te parece?- le dijo con la sonrisa crápula a la que lo tenía acostumbrado.
-Si, es genial- contestó Gastón.
-Escuchame, si se te complica con la cuenta nueva decime, y te doy una mano- Gastón lo escuchaba sin tener la menor idea de lo que hablaba.
-Vas a tener que irte hasta Rafael Calzada, pero parece que es una cuenta grande, son unos evangelistas o algo así, pero quieren como doce equipos, así que es tentador- Gastón lo miraba incrédulo, creyó advertir en las palabras de su jefe ese gesto libidinoso que tenía cada vez que lo perjudicaba en algo. Pero esa mañana algo en Gastón se había elevado, inexorablemente, nada lo iba a hacer bajar...
-Buenísimo ¡Vamos por ellos Claudio! Vos dormí tranquilo. Capaz que me convierto y todo, jaja. Me estoy yendo ¡El tiempo es oro!- Se despidió palmeándole la espalda. Mejor Calzada que este nido de ratas... pensó.
La calle estaba linda, todavía no eran las doce, pero el calor subía, decidió ir caminando a la estación, escuchando la radio por el celular.
Cuando llegó a la estación de Temperley preguntó al boletero en que andén pasaba el tren que va a Rafael Calzada. -En cinco minutos sale. Andén ocho- Contestó concisó un muchacho y continuó- No hay monedas, andá tranquilo-
Se subió a un tren diesel y se sentó en un asiento de hierro pegado a la ventana. Ya había viajado en la chancha muchas veces, pero en el ramal que va a La Plata. Quilmes le parecía una ciudad fantástica, la peatonal, el boulevard pegado a la vías y el río como telón de fondo, la convertía en la ciudad más romantica. Llegó a Jose Marmól y una plaza emorme bordeaba la estación. Le pareció un pueblo escondido detrás del follaje amarillo caído de las copas de los árboles. Las calles anchas y las casas cómodas. Le pareció un lugar ideal para descansar, no había mucho movimiento. En cambio, Rafael Calzada era una ciudad más populosa, las madres cargando con los chicos, compraban en la interminable hilera de puestos que había en la feria. Caminó seis cuadras hasta llegar a una casa de venta de repuestos de autos. Lo recibió amablemente un señor de ojos vidriosos y calmos. Luego, siguió atendiendo a los clientes detrás de un mostrador. Cuando terminó de despachar al último cliente, lo miró con sus ojos mansos:
-Disculpá la demora, pero el comercio este es así, o no viene nadie, o vienen todos juntos- dijo el hombre que extrañamente tenía un cabello negro y tupido.
-No hay problema, no tengo ningún apuro-, contestó Gastón con una sonrisa y continuó, -Son unos pocos minutos los que te voy a robar. Tengo para ofrecerte unos equipos... -Si, necesito cuatro equipos Nextel-, lo interrumpió el hombre,
-¿Cuando me lo podés traer?-
-Mañana mismo-, le respondió con celeridad Gastón, -¿Usted tiene una duda sobre el sistema de comunicación? ¿Entonces serían sólo cuatro equipos? Porque me habían comentado de un sistema corporativo de doce líneas... Bueno tenga en cuenta que los costos bajan si son más... Gastón manipulaba las solicitudes lentamente, recreando un viejo ardid de los clásicos vendedores... Es una lástima, justo le había gestionado un plan excelente para doce móviles... Igual vemos como hacemos...- buscaba dubitativo en la mochila.
-Pasa que tenemos que hablar con los demás hermanos de la iglesia para decidir, si ponemos en línea los tres templos me conviene, sino no. ¿Entendés?- contestó sincero el pastor, -¿Vos podés quedarte hasta las cuatro y hablás con todos?- le preguntó con urgencia.
-No tengo ningún problema, vengo a las cuatro- Gastón soltaba tanza del riel, estaba por picar el anzuelo.
-A las cuatro estoy acá, juntame a la gente, tengo una propuesta que les va a rendir, te lo aseguro- dijo convincente y se marchó.
Dio tres vueltas a la plaza elucubrando que podría hacer en esas tres horas en el centro de esa pequeña ciudad, tenía vista una parrillita, pero terminó en un ciber frente a la plaza.
De: natuodalisca@hotmail.com
Para: gastyedro@yahoo.com
My boyfriend: no sé bien como disculparme, estuve echa una idiota, es que todo es tan vertiginoso para mi. Sos mi gigante, seguís siéndolo pero necesito encontrar mi propia sintonía, últimamente no estábamos haciendo contacto, sé sincero. A mi no me preocupa morirme de hambre si estoy convencida, y no sé si lo estoy, déjame archivar estupideces y cuando los dos estemos en la misma, nos juntamos y seguro terminamos bien. Y esto lo digo sin ninguna esperanza, y a la vez sé que estás del otro lado. Y eso, por más que no te vea en mi vida, va a tener sentido. Sabés que te amo. Naty.
PD: Te olvidaste el DNI. Hagámos las cosas bien...
Qué manera de seguir dando vueltas, pensó en un primer momento Gastón, pero algo en el mail había sacado el puñal de su corazón, ahora veía como la sangre corría y los latidos de su corazón disminuían, lento y sabroso por donde se lo mire...Intentó responder el mail, pero escribía y reescribía una y otra oración sin quedar conforme. Al final no escribió nada. Cerró cesión, pagó y se marchó a la reunión que tenía con los del templo.
Acá llego el muchacho de los Nextel, dijó el dueño de la casa de venta de repuestos a sus dos correligionarios, que tomaban mate y hablaban animadamente detrás del mostrador.
-Perfecto, dijo el más bajo de estatura y saludó a Gastón con un fuerte apretón de manos - Que Dios te bendiga- le dijo el restante que tenía una sonrisa inmaculada. -Igualmente para vos- le respondió Gastón afectuoso. Llenaron las solicitudes por los doce equipos, sin demasiadas vueltas. Cuando ya estaba cerrado el negocio. El hombre siempre sonriente le preguntó sobre cuestiones religiosas:
-¿Vos vas a la iglesia?-
-No- contestó Gastón y ante la mirada asombrada de los tres hombres, explicó:
-Todavía no tuve la necesidad, yo que sé...-, y los miró incrédulo.
-Yo decía lo mismo, y sabés como estaba- dijo el hombre de la sonrisa, que ahora había devenido en mueca.
-Así estaba, y comenzó a simular que tenía tembleque y movimientos espasmódicos-
-Y yo estaba así- Dijó el más bajo de estatura y comenzó a sacudirse como un perro en el suelo. El Pastor que era el dueño del comercio se río jocosamente y luego dijo: -Todavía estás a tiempo de salvarte-
Gastón los miró impávido. -Si, todavia estoy a tiempo de tomarme el tren de 17. 15 hs- les respondió lacónicamente mirando el reloj. Cuando se fue del negocio, tuvo sensasiones encontradas. Por un lado, estaba contento por haber logrado la venta, y por otro, le pareció que esas personas creían sabérselas todas. "Son buena gente, pero no dejan de ser unos fanáticos" reflexionó y decidió tapar el tema con una mano de látex sobre su mente.
Foto: Rafael Calzada.
Una sobredosis de filminas sobre ránkings, frases motivadoras, medialunas de manteca y café cortado. Mientras subía en el ascensor a la sala de convenciones tuvo ganas de vomitar. Pero al mirarse en el espejo pudo ver al chico de siempre, al que se anima a subir a la medianera para buscar la pelota, el que consigue monedas, el que encara a la más linda... Con una sonrisa confiada entró al auditorio. En la reunión habló con todo el mundo, embarró la cancha cuando fue necesario y se defendió de los buitres de siempre. A la salida se acercó su jefe, Claudio, con gesto condescendiente.
-¿Cómo está la cosa Gastón? Te veo entusiasmado, el nuevo software va a facilitar mucho la comunicación entre el Departamento de Ventas y Técnica
¿No te parece?- le dijo con la sonrisa crápula a la que lo tenía acostumbrado.
-Si, es genial- contestó Gastón.
-Escuchame, si se te complica con la cuenta nueva decime, y te doy una mano- Gastón lo escuchaba sin tener la menor idea de lo que hablaba.
-Vas a tener que irte hasta Rafael Calzada, pero parece que es una cuenta grande, son unos evangelistas o algo así, pero quieren como doce equipos, así que es tentador- Gastón lo miraba incrédulo, creyó advertir en las palabras de su jefe ese gesto libidinoso que tenía cada vez que lo perjudicaba en algo. Pero esa mañana algo en Gastón se había elevado, inexorablemente, nada lo iba a hacer bajar...
-Buenísimo ¡Vamos por ellos Claudio! Vos dormí tranquilo. Capaz que me convierto y todo, jaja. Me estoy yendo ¡El tiempo es oro!- Se despidió palmeándole la espalda. Mejor Calzada que este nido de ratas... pensó.
La calle estaba linda, todavía no eran las doce, pero el calor subía, decidió ir caminando a la estación, escuchando la radio por el celular.
Cuando llegó a la estación de Temperley preguntó al boletero en que andén pasaba el tren que va a Rafael Calzada. -En cinco minutos sale. Andén ocho- Contestó concisó un muchacho y continuó- No hay monedas, andá tranquilo-
Se subió a un tren diesel y se sentó en un asiento de hierro pegado a la ventana. Ya había viajado en la chancha muchas veces, pero en el ramal que va a La Plata. Quilmes le parecía una ciudad fantástica, la peatonal, el boulevard pegado a la vías y el río como telón de fondo, la convertía en la ciudad más romantica. Llegó a Jose Marmól y una plaza emorme bordeaba la estación. Le pareció un pueblo escondido detrás del follaje amarillo caído de las copas de los árboles. Las calles anchas y las casas cómodas. Le pareció un lugar ideal para descansar, no había mucho movimiento. En cambio, Rafael Calzada era una ciudad más populosa, las madres cargando con los chicos, compraban en la interminable hilera de puestos que había en la feria. Caminó seis cuadras hasta llegar a una casa de venta de repuestos de autos. Lo recibió amablemente un señor de ojos vidriosos y calmos. Luego, siguió atendiendo a los clientes detrás de un mostrador. Cuando terminó de despachar al último cliente, lo miró con sus ojos mansos:
-Disculpá la demora, pero el comercio este es así, o no viene nadie, o vienen todos juntos- dijo el hombre que extrañamente tenía un cabello negro y tupido.
-No hay problema, no tengo ningún apuro-, contestó Gastón con una sonrisa y continuó, -Son unos pocos minutos los que te voy a robar. Tengo para ofrecerte unos equipos... -Si, necesito cuatro equipos Nextel-, lo interrumpió el hombre,
-¿Cuando me lo podés traer?-
-Mañana mismo-, le respondió con celeridad Gastón, -¿Usted tiene una duda sobre el sistema de comunicación? ¿Entonces serían sólo cuatro equipos? Porque me habían comentado de un sistema corporativo de doce líneas... Bueno tenga en cuenta que los costos bajan si son más... Gastón manipulaba las solicitudes lentamente, recreando un viejo ardid de los clásicos vendedores... Es una lástima, justo le había gestionado un plan excelente para doce móviles... Igual vemos como hacemos...- buscaba dubitativo en la mochila.
-Pasa que tenemos que hablar con los demás hermanos de la iglesia para decidir, si ponemos en línea los tres templos me conviene, sino no. ¿Entendés?- contestó sincero el pastor, -¿Vos podés quedarte hasta las cuatro y hablás con todos?- le preguntó con urgencia.
-No tengo ningún problema, vengo a las cuatro- Gastón soltaba tanza del riel, estaba por picar el anzuelo.
-A las cuatro estoy acá, juntame a la gente, tengo una propuesta que les va a rendir, te lo aseguro- dijo convincente y se marchó.
Dio tres vueltas a la plaza elucubrando que podría hacer en esas tres horas en el centro de esa pequeña ciudad, tenía vista una parrillita, pero terminó en un ciber frente a la plaza.
De: natuodalisca@hotmail.com
Para: gastyedro@yahoo.com
My boyfriend: no sé bien como disculparme, estuve echa una idiota, es que todo es tan vertiginoso para mi. Sos mi gigante, seguís siéndolo pero necesito encontrar mi propia sintonía, últimamente no estábamos haciendo contacto, sé sincero. A mi no me preocupa morirme de hambre si estoy convencida, y no sé si lo estoy, déjame archivar estupideces y cuando los dos estemos en la misma, nos juntamos y seguro terminamos bien. Y esto lo digo sin ninguna esperanza, y a la vez sé que estás del otro lado. Y eso, por más que no te vea en mi vida, va a tener sentido. Sabés que te amo. Naty.
PD: Te olvidaste el DNI. Hagámos las cosas bien...
Qué manera de seguir dando vueltas, pensó en un primer momento Gastón, pero algo en el mail había sacado el puñal de su corazón, ahora veía como la sangre corría y los latidos de su corazón disminuían, lento y sabroso por donde se lo mire...Intentó responder el mail, pero escribía y reescribía una y otra oración sin quedar conforme. Al final no escribió nada. Cerró cesión, pagó y se marchó a la reunión que tenía con los del templo.
Acá llego el muchacho de los Nextel, dijó el dueño de la casa de venta de repuestos a sus dos correligionarios, que tomaban mate y hablaban animadamente detrás del mostrador.
-Perfecto, dijo el más bajo de estatura y saludó a Gastón con un fuerte apretón de manos - Que Dios te bendiga- le dijo el restante que tenía una sonrisa inmaculada. -Igualmente para vos- le respondió Gastón afectuoso. Llenaron las solicitudes por los doce equipos, sin demasiadas vueltas. Cuando ya estaba cerrado el negocio. El hombre siempre sonriente le preguntó sobre cuestiones religiosas:
-¿Vos vas a la iglesia?-
-No- contestó Gastón y ante la mirada asombrada de los tres hombres, explicó:
-Todavía no tuve la necesidad, yo que sé...-, y los miró incrédulo.
-Yo decía lo mismo, y sabés como estaba- dijo el hombre de la sonrisa, que ahora había devenido en mueca.
-Así estaba, y comenzó a simular que tenía tembleque y movimientos espasmódicos-
-Y yo estaba así- Dijó el más bajo de estatura y comenzó a sacudirse como un perro en el suelo. El Pastor que era el dueño del comercio se río jocosamente y luego dijo: -Todavía estás a tiempo de salvarte-
Gastón los miró impávido. -Si, todavia estoy a tiempo de tomarme el tren de 17. 15 hs- les respondió lacónicamente mirando el reloj. Cuando se fue del negocio, tuvo sensasiones encontradas. Por un lado, estaba contento por haber logrado la venta, y por otro, le pareció que esas personas creían sabérselas todas. "Son buena gente, pero no dejan de ser unos fanáticos" reflexionó y decidió tapar el tema con una mano de látex sobre su mente.
Foto: Rafael Calzada.
Capítulo VI
Cuando llegó a su casa ya había oscurecido. Estaba exhausto, había vuelto en el eléctrico, desde Temperley hasta Monte Grande, apretado como una sardina.Entró al comedor y estaba tan frío el ambiente como el iglú de un esquimal. Fue hasta la cocina y prendió las cuatro hornallas. Caminó hasta la pieza, su abuelo no estaba allí tampoco. Salió al jardín y descubrió al viejo trepado a la cabina de gas, se ocultaba torpemente con la ligustrina, parecía un soldadito de cotillón.
-¿Qué hacés a esta hora y acá, abuelo?-
-Shhh, que se van a ir...-
-¿Se van a ir quiénes?-
-Las minas boludo- dijo agitado. Gastón intrigado, se subió al techito de la cabina de un salto. Del otro lado de la medianera, se veía a cuatro mujeres bailando en un quincho. Había un fueguito prendido en la parrilla, algunas achuras dorándose, que una de ellas, la más gordita vigilaba.
-No me mirés a la pelirroja que es mía eh...-le susurró el viejo y se sonrió a medias.
-Viejo pero no boludo- le contestó Gastón por lo bajo. Las mujeres tenían más de cuarenta seguro, pero todavía la peleaban. Tomaban cerveza del pico de una botella de litro y hablaban a los gritos, parecía una despedida de solteros, pero al revés. No se entendía bien lo que decían porque había una radio que estaba muy fuerte, con un tema de Luis Miguel sonando. La pelirroja comenzó a bailar tambaleante, sosteniéndose con el marco de la puerta, las dos restantes conversaban animadamente y la alentaban dando grititos. A Gastón se le dormían las piernas de estar agachado, pero la cosa se estaba poniendo buena. El abuelo murmuraba frases libidinosas que, por suerte para Gastón, eran inaudibles.
-¿Es un cumpleaños abuelo?- soltó Gastón por decir algo.
-No, se juntan todos los lunes, son maestras del colegio de curas de la rotonda, la parrillera creo que es la directora. Son terribles, yo ya las conozco a todas, mirá nuestra vecinita de al lado, la más fina, lejos...- el abuelo miraba embelesado a su princesa. La pelirroja que bailaba como poseída, comenzó a desabrocharse de a uno los botones de la camisa. La gordita no dejaba de relojearla y cagarse de risa.
- Mirá, mirá- dijo el abuelo excitado. Gastón, desprevenido, levantó la cabeza, quería verlas de frente. Una fuerte tensión sexual subió como una bocanada de humo. La gordita que seguía de muy cerca a la pelirroja, dejó la cuchilla en la mesa y comenzó acercársele, la colorada amenazaba con soltarse el bretel del corpiño. Como una leona que está al acecho, la tomó de la cintura y la besó suavemente en el cuello. Estalló la carcajada de todas.
-¡La puta madre! ¡Es mía!- el grito del abuelo atravesó las risas y todas miraron hacia la medianera.
Gastón bajó al abuelo de un manotazo y el viejo cayó arriba de él.
-¿Estás bien abuelo?-
- Si, deben ser un par de costillas rotas, pero no es nada, una vez me caí del trén en el año 30, casí llegando a la estación Barracas que ahora se llama Yrigoyen...
-¡Abuelo, estás arriba de mi pierna!- gritó Gastón.
-¡Esta juventud de ahora no la entiendo!- dijo por lo bajo y se marchó rengueando hacia su habitación.
Ese viernes por la noche Gastón no conciliaba el sueño de ningún modo, daba vueltas en la cama y las sábanas le pesaban en las piernas. Se levantó para mojarse la cabeza y terminó sentado sobre las baldosas del patio tomando el último sorbo de un anís 8 hermanos que había encontrado en el fondo del aparador de la cocina. Hacía más de dos semanas que se había mudado y todavía no se acostumbraba al silencio del segundo cordón del conurbano. Extrañaba el murmullo del departamento de Once, la calefacción y las piernas de Natalia enredándose con las suyas, mientras amanecía de a poco. Los ronquidos del abuelo traspasaban el mosquitero y se esparcían en la noche. Iba a ser díficil acostumbrárse a esta vida de varón solo, churrasco y ensalada y heladera vacía. Su abuelo lo había recibido con los brazos abiertos, aunque le aclarara una y mil veces que era tan sólo por unos días, no había preguntado nada cuando los días se alargaron. El ruido de un estornudo femenino se oyó como si hubera ocurrido al lado suyo.
Pensó en las chicas y despacito se subió a la cabina de gas, quizá, si la suerte lo acompañaba a la pelirroja le había dado insomio. Pero el quincho estaba desierto. Desanimado volvió a la cama con una botella de Seven Up Ligth, privilegios de la ancianidad a los que se iba adaptando gustosamente...
Los días de mayo se iban acortando aceleradamente y no había noticias de ninguna novia arrepentida. El abuelo se iba acostando cada vez más temprano, y las señoritas maestras hacía dos semanas que misteriosamente ya no aparecían. Gastón se dedicó a ver películas en el living, con licor de chocolate y con gustosas chipás, que compraba cuando volvía de trabajar, a un señor que las llevaba en un canasto de mimbre sobre su cabeza. Los días se hicieron cada vez más cortos y las noches más largas. El invierno era muchisimo más crudo en Monte Grande que en el centro, para colmo su abuelo era un tipo que vivía como un asceta, no prendía la estufa, no cocinaba con el horno. Estas cosas a Gastón lo sacaban de quicio, pero en terminos generales, se puede decir, que la compañía de su abuelo era lo más grato que le había pasado en este último mes.
-¿Qué hacés a esta hora y acá, abuelo?-
-Shhh, que se van a ir...-
-¿Se van a ir quiénes?-
-Las minas boludo- dijo agitado. Gastón intrigado, se subió al techito de la cabina de un salto. Del otro lado de la medianera, se veía a cuatro mujeres bailando en un quincho. Había un fueguito prendido en la parrilla, algunas achuras dorándose, que una de ellas, la más gordita vigilaba.
-No me mirés a la pelirroja que es mía eh...-le susurró el viejo y se sonrió a medias.
-Viejo pero no boludo- le contestó Gastón por lo bajo. Las mujeres tenían más de cuarenta seguro, pero todavía la peleaban. Tomaban cerveza del pico de una botella de litro y hablaban a los gritos, parecía una despedida de solteros, pero al revés. No se entendía bien lo que decían porque había una radio que estaba muy fuerte, con un tema de Luis Miguel sonando. La pelirroja comenzó a bailar tambaleante, sosteniéndose con el marco de la puerta, las dos restantes conversaban animadamente y la alentaban dando grititos. A Gastón se le dormían las piernas de estar agachado, pero la cosa se estaba poniendo buena. El abuelo murmuraba frases libidinosas que, por suerte para Gastón, eran inaudibles.
-¿Es un cumpleaños abuelo?- soltó Gastón por decir algo.
-No, se juntan todos los lunes, son maestras del colegio de curas de la rotonda, la parrillera creo que es la directora. Son terribles, yo ya las conozco a todas, mirá nuestra vecinita de al lado, la más fina, lejos...- el abuelo miraba embelesado a su princesa. La pelirroja que bailaba como poseída, comenzó a desabrocharse de a uno los botones de la camisa. La gordita no dejaba de relojearla y cagarse de risa.
- Mirá, mirá- dijo el abuelo excitado. Gastón, desprevenido, levantó la cabeza, quería verlas de frente. Una fuerte tensión sexual subió como una bocanada de humo. La gordita que seguía de muy cerca a la pelirroja, dejó la cuchilla en la mesa y comenzó acercársele, la colorada amenazaba con soltarse el bretel del corpiño. Como una leona que está al acecho, la tomó de la cintura y la besó suavemente en el cuello. Estalló la carcajada de todas.
-¡La puta madre! ¡Es mía!- el grito del abuelo atravesó las risas y todas miraron hacia la medianera.
Gastón bajó al abuelo de un manotazo y el viejo cayó arriba de él.
-¿Estás bien abuelo?-
- Si, deben ser un par de costillas rotas, pero no es nada, una vez me caí del trén en el año 30, casí llegando a la estación Barracas que ahora se llama Yrigoyen...
-¡Abuelo, estás arriba de mi pierna!- gritó Gastón.
-¡Esta juventud de ahora no la entiendo!- dijo por lo bajo y se marchó rengueando hacia su habitación.
Ese viernes por la noche Gastón no conciliaba el sueño de ningún modo, daba vueltas en la cama y las sábanas le pesaban en las piernas. Se levantó para mojarse la cabeza y terminó sentado sobre las baldosas del patio tomando el último sorbo de un anís 8 hermanos que había encontrado en el fondo del aparador de la cocina. Hacía más de dos semanas que se había mudado y todavía no se acostumbraba al silencio del segundo cordón del conurbano. Extrañaba el murmullo del departamento de Once, la calefacción y las piernas de Natalia enredándose con las suyas, mientras amanecía de a poco. Los ronquidos del abuelo traspasaban el mosquitero y se esparcían en la noche. Iba a ser díficil acostumbrárse a esta vida de varón solo, churrasco y ensalada y heladera vacía. Su abuelo lo había recibido con los brazos abiertos, aunque le aclarara una y mil veces que era tan sólo por unos días, no había preguntado nada cuando los días se alargaron. El ruido de un estornudo femenino se oyó como si hubera ocurrido al lado suyo.
Pensó en las chicas y despacito se subió a la cabina de gas, quizá, si la suerte lo acompañaba a la pelirroja le había dado insomio. Pero el quincho estaba desierto. Desanimado volvió a la cama con una botella de Seven Up Ligth, privilegios de la ancianidad a los que se iba adaptando gustosamente...
Los días de mayo se iban acortando aceleradamente y no había noticias de ninguna novia arrepentida. El abuelo se iba acostando cada vez más temprano, y las señoritas maestras hacía dos semanas que misteriosamente ya no aparecían. Gastón se dedicó a ver películas en el living, con licor de chocolate y con gustosas chipás, que compraba cuando volvía de trabajar, a un señor que las llevaba en un canasto de mimbre sobre su cabeza. Los días se hicieron cada vez más cortos y las noches más largas. El invierno era muchisimo más crudo en Monte Grande que en el centro, para colmo su abuelo era un tipo que vivía como un asceta, no prendía la estufa, no cocinaba con el horno. Estas cosas a Gastón lo sacaban de quicio, pero en terminos generales, se puede decir, que la compañía de su abuelo era lo más grato que le había pasado en este último mes.
Capítulo VII
Era un domingo de lo más soleado, promediaba el mes de julio y el abuelo y su nieto disfrutaban de los tibios rayos de un mediodía de invierno en el patio. Leían el diario y escuchaban una audición de tango, cuando el teléfono del comedor comenzó a sonar. Tanto Gastón como su abuelo no hicieron el más mínimo esfuerzo por levantarse. Pero el teléfono sonó, sonó y siguió sonando. Gastón resopló y tiró el suplemento deportivo al piso, se incoporó y caminó con paso cancino, su abuelo tarareaba una milonga que pasaban en la radio.
- Hola, ¿Quién habla?-
- Hola Gastón, soy yo, tu viejo...-
- Ah que hacés papá, ¿como va eso?- preguntó Gastón y caminó con el inalámbrico a lo largo del pasillo.
- Mis cosas, muy bien- Dijo el padre y continuó- Sigo con mi cátedra, y con la banda recorriendo el sendero de un artista, que más puedo decir. No me puedo quejar...-
-¿Un sendero? ¿Qué sendero pá?- preguntó Gastón confuso.
-Es una metáfora Gastón, quiero decir que estamos tocando con la orquesta, en la cuál, yo soy el director y bandoneonista. Este sábado nos presentamos en la Academia Nacional del Tango- .
-¡Qué bueno!- le respondió Gastón y recordó a su viejo empeñando el bandoneón, cuando no tenían un mango y vivían en esa vieja casa de Lanús Este. Por suerte, su querida madre, que en paz descanse, fue a la casa de empeño y lo recuperó. La mamá de Gastón, que además de haber sido una excelente modista, tenía el talento de hacer mucho con muy poco, sabía cuidar a los suyos.. Lo cierto fue, que una noche volvió a casa con el bandoneón laqueado para asombro de todos. Siempre se las arregló para que a Gastón y a su marido no le faltara nada.
-Gastón, hola, estás ahí- preguntó el padre.
-Si estoy acá, es que me acordé de algo- dijó Gastón volviendo en si.
-¿De qué te acordaste?
-No... de nada- dijo Gastón ya reponiéndose anímicamente.
-¿Y cómo están Nico y Lucho?- preguntó al fin.
-Bien, Nico empezó la escuelita de fútbol, está entusiasmado, parece que es zurdo como vos y Lucho empezó este año el jardín- le contestó el padre.
-Bueno me alegro mucho. Mandale saludos a Nara-
-Para, para.. Vas a venir el sabádo- alcanzó a preguntarle.
-¿Adónde?- preguntó Gastón
-A la Academia Nacional del Tango, vos me escuchás cuando te hablo, toco con la banda.- dijó el padre mordiendo las palabras.
-No sé, después te confirmo-
-Bueno espero tu llamado, después podemos ir a comer algo y charlar un poco, que no nos vemos hace un montón- concluyó el papá.
-Dale, hablamos- Gastón cortó y se dirigió al baño.
La invitación de su papá lo había comprometido a Gastón en cierto modo. Aunque no estaba dispuesto a sostener ninguna escena familiar falsa, ni desperdiciar el poco tiempo que no le robaba el laburo. Tampoco iba a aplaudir cuando tocara " La pulpera de Santa Lucía". "Ese tema, es un yeite de los tangeros que no quieren arriesgar", le había recriminado Gastón en una cena a su padre, sobre el repertorio de la banda.
Pero el sábado no hubo ningún programa tentador y además se le había ocurrido una idea genial: ir con su abuelo. El viejo, para sorpresa de Gastón, no había dado demasiada vuelta.
-Papá dijo que quería que vayas vos, dale, no seas hijo de puta...- mintió Gastón para que fuera.
-¡Acá el hijo de puta no soy yo, carajo!- se engranaba el abuelo, pero a la vez le aparecía el brillito de cierto orgullo redimido. Finalmente, después de mandarse la parte un rato, con que siempre fue el único que trabajó. ¡Desde los dieciséis años! y toda esa cantinela, se fue a bañar sin chistar. A las cinco menos cuarto ya estaba con camisa de viyela y perfumado hasta las orejas, sentadito en el medio del living.
-Salimos a las siete abuelo, tampoco vamos a ser los boludos que abren el boliche... Soltó Gastón en calzones y remera mirando el partido del nacional B de canal siete.
El viejo no dijo ni mu y espero paciente tomando mate.
-Te gusta irte de farra, ¿Eh viejo?- Solto jocoso Gastón mientras se echaba desodorante.
- Hola, ¿Quién habla?-
- Hola Gastón, soy yo, tu viejo...-
- Ah que hacés papá, ¿como va eso?- preguntó Gastón y caminó con el inalámbrico a lo largo del pasillo.
- Mis cosas, muy bien- Dijo el padre y continuó- Sigo con mi cátedra, y con la banda recorriendo el sendero de un artista, que más puedo decir. No me puedo quejar...-
-¿Un sendero? ¿Qué sendero pá?- preguntó Gastón confuso.
-Es una metáfora Gastón, quiero decir que estamos tocando con la orquesta, en la cuál, yo soy el director y bandoneonista. Este sábado nos presentamos en la Academia Nacional del Tango- .
-¡Qué bueno!- le respondió Gastón y recordó a su viejo empeñando el bandoneón, cuando no tenían un mango y vivían en esa vieja casa de Lanús Este. Por suerte, su querida madre, que en paz descanse, fue a la casa de empeño y lo recuperó. La mamá de Gastón, que además de haber sido una excelente modista, tenía el talento de hacer mucho con muy poco, sabía cuidar a los suyos.. Lo cierto fue, que una noche volvió a casa con el bandoneón laqueado para asombro de todos. Siempre se las arregló para que a Gastón y a su marido no le faltara nada.
-Gastón, hola, estás ahí- preguntó el padre.
-Si estoy acá, es que me acordé de algo- dijó Gastón volviendo en si.
-¿De qué te acordaste?
-No... de nada- dijo Gastón ya reponiéndose anímicamente.
-¿Y cómo están Nico y Lucho?- preguntó al fin.
-Bien, Nico empezó la escuelita de fútbol, está entusiasmado, parece que es zurdo como vos y Lucho empezó este año el jardín- le contestó el padre.
-Bueno me alegro mucho. Mandale saludos a Nara-
-Para, para.. Vas a venir el sabádo- alcanzó a preguntarle.
-¿Adónde?- preguntó Gastón
-A la Academia Nacional del Tango, vos me escuchás cuando te hablo, toco con la banda.- dijó el padre mordiendo las palabras.
-No sé, después te confirmo-
-Bueno espero tu llamado, después podemos ir a comer algo y charlar un poco, que no nos vemos hace un montón- concluyó el papá.
-Dale, hablamos- Gastón cortó y se dirigió al baño.
La invitación de su papá lo había comprometido a Gastón en cierto modo. Aunque no estaba dispuesto a sostener ninguna escena familiar falsa, ni desperdiciar el poco tiempo que no le robaba el laburo. Tampoco iba a aplaudir cuando tocara " La pulpera de Santa Lucía". "Ese tema, es un yeite de los tangeros que no quieren arriesgar", le había recriminado Gastón en una cena a su padre, sobre el repertorio de la banda.
Pero el sábado no hubo ningún programa tentador y además se le había ocurrido una idea genial: ir con su abuelo. El viejo, para sorpresa de Gastón, no había dado demasiada vuelta.
-Papá dijo que quería que vayas vos, dale, no seas hijo de puta...- mintió Gastón para que fuera.
-¡Acá el hijo de puta no soy yo, carajo!- se engranaba el abuelo, pero a la vez le aparecía el brillito de cierto orgullo redimido. Finalmente, después de mandarse la parte un rato, con que siempre fue el único que trabajó. ¡Desde los dieciséis años! y toda esa cantinela, se fue a bañar sin chistar. A las cinco menos cuarto ya estaba con camisa de viyela y perfumado hasta las orejas, sentadito en el medio del living.
-Salimos a las siete abuelo, tampoco vamos a ser los boludos que abren el boliche... Soltó Gastón en calzones y remera mirando el partido del nacional B de canal siete.
El viejo no dijo ni mu y espero paciente tomando mate.
-Te gusta irte de farra, ¿Eh viejo?- Solto jocoso Gastón mientras se echaba desodorante.
Capítulo VIII
Fueron como una flecha, no tuvieron que esperar milograsamente, ni el tren ni el subte, en una hora y quince estaban ingresando a la Academia Nacional del Tango. El abuelo estaba radiante, con una camisa a rayitas, un ambo azul marino y un pañuelo de seda al cuello, que le daba aires de capitán de barco. Gastón lucía un jeans gastado y unas zapatillas sobrias, pero se había puesto una chomba verde nueva que lo potenciaba bastante. Llegaron para el final de los discursos, por suerte, y se sentaron adelante. La banda de tango que cerraba el evento comenzó a sonar. Arrancó el papá de Gastón, maniobrando las primeras notas en su viejo fuelle.
Promediaba una milonga y en la parte de adelante se había improvisado una pista con los más entusiastas. El abuelo murmuraba con los ojos entrecerrados y Gastón seguía el ritmo con la punta del pie. Por delante de sus ojos, una pollera gris revoloteó y los dos vieron a la misma pelirroja, como una aparición sorpresiva. La mismísima bailarina erótica había saltado la medianera de su casa y estaba frente a ellos, moviéndose cadenciosamente.
Al empezar una nueva pieza, el abuelo se adelantó sigilosamente y con soltura le dió vida al último vals de la noche, de la mano de la vecina, que a está altura se movía como un delfín en el agua.
-Qué casualidad venir a encontrarnos acá- dijó la vecina, que resultó llamarse Laura, profesora de Ciencias Sociales y fanática del tango, sobre todo de la Guardia Vieja.
-Vine por mi nieto- se disculpó el abuelo, dejándole el asiento elegantemente.
- Yo vengo bastante a las milongas, con mis compañeras del colegio. Se vinieron desde Monte Grande...- Miró a Gastón con curiosidad y al segundo volvió al abuelo. ¿Nos volvemos juntos entonces, no?- Sonrió con simpatía y se despidió de los dos.
Charlaron unos minutos con Aníbal, papá de Gastón, que guardaba el bandoneón con parsimonia en una caja de madera.
-Ahora se vienen a comer a casa-, invitó.
-Papá, Cogland nos queda para el orto. Otro día seguro- contestó Gastón que ya estaba hinchado las pelotas. Se tiraron rosas un poco y se despidieron prometiéndose mutuas visitas. El aire frío que venía del río los despabiló en cuanto salieron a Avenida de Mayo.
Caminaron para el bajo. En la esquina, la pelirroja vecina se despedía efusivamente de dos amigas. Gastón quizó esquivarla bajando a la calle, pero el abuelo no lo acompañó.
-¿Nos volvemos?- dijo la mujer con mirada chispeante.
- Si, nosotros vamos hasta la nueve de julio, para volvernos en la combi. Se escuchó a si mismo y le parecío que proponía el peor programa para rematar la noche. Por suerte para todos, la señorita sacó de su enorme cartera las llaves de un auto. Asi fue que se subieron a un 147 blanco con los vidrios polarizados, Gastón fue contento como una criatura en el asiento trasero,cruzaron veloces la autopista 25 de mayo buscando una radio de tango "en serio". Las risas y el viento le hicieron perder la mayor parte de la conversación entre ella y el abuelo, pero el viejo se las arreglaba increíblemente para desatar una risa a la muchacha tanguera, cada dos kilómetros. Lo cual era un buen promedio para cualquiera, pensó Gastón mientras dormitaba en el asiento.
Frenaron de golpe, como en casi todas las bocacalles que venían cruzando.
-Llegamos muchachitos- dijo Laura apoyándose en el volante.
-Te abro el portón.- se adelantó el abuelo solícito.
-Es eléctrico, no te preocupés, lo abro yo. Lo que sí, mañana te traigo el DVD que yo te digo, en el que Gardel canta un chamamé, te lo juro- dijo risueña.
-Eso hasta que no lo vea, no lo creo- discutió el abuelo sosteniéndo el asiento para que salga Gastón. Se despidieron con un beso ruidoso y el abuelo permaneció en la vereda como un caballero, hasta que el auto desapareció detrás del portón de rejas. El abuelo Jorge entro revoleando las llaves sobre la mesa, y con gracia, improvisó un paso de milonga en el living semioscuro.
Promediaba una milonga y en la parte de adelante se había improvisado una pista con los más entusiastas. El abuelo murmuraba con los ojos entrecerrados y Gastón seguía el ritmo con la punta del pie. Por delante de sus ojos, una pollera gris revoloteó y los dos vieron a la misma pelirroja, como una aparición sorpresiva. La mismísima bailarina erótica había saltado la medianera de su casa y estaba frente a ellos, moviéndose cadenciosamente.
Al empezar una nueva pieza, el abuelo se adelantó sigilosamente y con soltura le dió vida al último vals de la noche, de la mano de la vecina, que a está altura se movía como un delfín en el agua.
-Qué casualidad venir a encontrarnos acá- dijó la vecina, que resultó llamarse Laura, profesora de Ciencias Sociales y fanática del tango, sobre todo de la Guardia Vieja.
-Vine por mi nieto- se disculpó el abuelo, dejándole el asiento elegantemente.
- Yo vengo bastante a las milongas, con mis compañeras del colegio. Se vinieron desde Monte Grande...- Miró a Gastón con curiosidad y al segundo volvió al abuelo. ¿Nos volvemos juntos entonces, no?- Sonrió con simpatía y se despidió de los dos.
Charlaron unos minutos con Aníbal, papá de Gastón, que guardaba el bandoneón con parsimonia en una caja de madera.
-Ahora se vienen a comer a casa-, invitó.
-Papá, Cogland nos queda para el orto. Otro día seguro- contestó Gastón que ya estaba hinchado las pelotas. Se tiraron rosas un poco y se despidieron prometiéndose mutuas visitas. El aire frío que venía del río los despabiló en cuanto salieron a Avenida de Mayo.
Caminaron para el bajo. En la esquina, la pelirroja vecina se despedía efusivamente de dos amigas. Gastón quizó esquivarla bajando a la calle, pero el abuelo no lo acompañó.
-¿Nos volvemos?- dijo la mujer con mirada chispeante.
- Si, nosotros vamos hasta la nueve de julio, para volvernos en la combi. Se escuchó a si mismo y le parecío que proponía el peor programa para rematar la noche. Por suerte para todos, la señorita sacó de su enorme cartera las llaves de un auto. Asi fue que se subieron a un 147 blanco con los vidrios polarizados, Gastón fue contento como una criatura en el asiento trasero,cruzaron veloces la autopista 25 de mayo buscando una radio de tango "en serio". Las risas y el viento le hicieron perder la mayor parte de la conversación entre ella y el abuelo, pero el viejo se las arreglaba increíblemente para desatar una risa a la muchacha tanguera, cada dos kilómetros. Lo cual era un buen promedio para cualquiera, pensó Gastón mientras dormitaba en el asiento.
Frenaron de golpe, como en casi todas las bocacalles que venían cruzando.
-Llegamos muchachitos- dijo Laura apoyándose en el volante.
-Te abro el portón.- se adelantó el abuelo solícito.
-Es eléctrico, no te preocupés, lo abro yo. Lo que sí, mañana te traigo el DVD que yo te digo, en el que Gardel canta un chamamé, te lo juro- dijo risueña.
-Eso hasta que no lo vea, no lo creo- discutió el abuelo sosteniéndo el asiento para que salga Gastón. Se despidieron con un beso ruidoso y el abuelo permaneció en la vereda como un caballero, hasta que el auto desapareció detrás del portón de rejas. El abuelo Jorge entro revoleando las llaves sobre la mesa, y con gracia, improvisó un paso de milonga en el living semioscuro.
Capítulo IX
Gastón tenía una reunión con su jefe, a las 15.30, en la oficina comercial de Varela. Ya eran las cuatro de la tarde, y del jefe ni noticias. Se puso a matar el tiempo, mirando series americanas en youtobe. Le gustaba los dialogos de "Seinfeld". Pero su serie preferida eran "Los Simpson", fundamentalmente los primeros capítulos. Donde la linea del dibujo es más deforme y grotesca, y Homero era más salvaje e incorrecto. No así las últimas temporadas.
Se abrió la puerta y entró por el hall central Claudio, que cargado de carpetas, transpiraba y avanzaba casi arrastrándose.
-Prefiero ganar dos lucas menos, pero no tener hipertensión, stress y colesterol alto- le dijo Gastón jocoso a su jefe, ayudándolo con las carpetas….
El jefe lo miró severo, pero después se río sin poderse contener.
- ¡Qué bien que estés de buen humor! Porque tengo que decirte algunas cosas que no son agradables- le contestó sarcástico.
–No te preocupes, no esperaba tampoco un ascenso- le retrucó Gastón, que para ser irónico tenía la escuela de su abuelo. – Dejá las carpetas en recepción, y venite en diez minutos a mi oficina- le ordenó su jefe. Claudio no era un hipócrita, y esto no era poco para un jefe "Prefiero un hijo de puta a un hipócrita" le había dicho una vez un amigo. Afirmación con la cual, Gastón estaba absolutamente de acuerdo. Sin lugar a dudas, era preferible saber con quien se trataba, aunque fuese el peor asesino, y no convivir con alguien que te dice que te quiere, que quiere tener hijos con vos, y de un día para otro te fulmina con una frase como "necesito aire" o " la nuestra es una relación estéril" Ya no tenía sentido seguir dando vueltas sobre eso, se dijo a si mismo y se dirigió a la oficina del jefe.
-Bueno Gastoncito, a ver que tenemos aquí- Claudio miraba la pantalla de la laptop y con su mano derecha se rascaba la pera. Gastón se mostraba impasible. Ese tipo de reuniones ya no lo asustaban. Era una revisión de los resultados del trimestre.
-Sobre el pucho remontaste un poco- le dijo el jefe y continuó: -Te salvo Cristo Rey de Rafael Calzada-
-Dios apreta pero no ahorca- respondió Gastón.
-Está bien, pero este trimestre tenés que vender mucho más- dijó enfático.
-Como si no quisiera Claudio, ¿O vos crees que no me gustaría ganar la totalidad de premio trimestral?-
-Bueno, entonces queremos lo mismo- reflexionó el jefe y continuó- Ahora con esta nueva zona que te adjudiqué vas a poder duplicar las ventas sin inconvenientes-
-Bueno, bueno, que ya sé que soy bueno pero tampoco te quiero desilusionar- Dijo Gastón abrumados por los objetivos.
-No es porque seas bueno o malo, cualquier ejecutivo de ventas debería poder alcanzar estos objetivos.- dijo Claudio y le alcanzó una hoja con las metas.
Gastón leyó desanimado la papeleta. -Está bien, voy a ser lo que pueda- concluyó Gastón sin darle importancia a sus palabras. Eran las seis de la tarde y para colmo estaba lejísimo de su casa. Tenía unas ganas enorme pegarse una ducha bien caliente.
-Una última cosita Claudio, para cerrar-Antes de retirarse,se acordó de algo de suma importancia para él.
-Si decime- le contestó el jefe que no despegaba la mirada de la máquina.
-Si yo cumplo con los objetivos, ¿Me aumentan el sueldo?- preguntó, y sin dejarle contestar le recordó: -Te acordas que ya lo habíamos hablado y me habías dado el okey-
-Me acuerdo, pero nunca te dije que si-
-Pero entonces como es, me dan una nueva zona, me suben el objetivo de ventas pero ustedes no mueven un dedo- dijo Gastón irritado.
-Yo no dije que si, pero tampoco dije que no. Lo que te puedo adelantar es que eso esta hablado con el gerente comercial y el se comprometió que lo iba a estudiar- le contestó mirándolo a los ojos.
-Bueno espero que no sea tardo en aprender- dijo Gastón destilando veneno, mientras se colgaba la mochila y se marchaba.
Agarró el 79 en la terminal, limpio y con olor a Poett. El calorcito de la gente y los baches de Pasco funcionaron como el mejor somnífero y casi se podría decir que no durmió: quedó inconciente. El viaje de Temperley a Monte Grande fue corto y casi no le dio tiempo a maldecir su suerte, antes de las nueve estaba en el almacén de la esquina comprando una bochita de mortadela y dos cervezas descartables bien heladas. Quería meterse en la cucha lo antes posible. Mirar el noticiero con el viejo, algún partido perdido...
Se abrió la puerta y entró por el hall central Claudio, que cargado de carpetas, transpiraba y avanzaba casi arrastrándose.
-Prefiero ganar dos lucas menos, pero no tener hipertensión, stress y colesterol alto- le dijo Gastón jocoso a su jefe, ayudándolo con las carpetas….
El jefe lo miró severo, pero después se río sin poderse contener.
- ¡Qué bien que estés de buen humor! Porque tengo que decirte algunas cosas que no son agradables- le contestó sarcástico.
–No te preocupes, no esperaba tampoco un ascenso- le retrucó Gastón, que para ser irónico tenía la escuela de su abuelo. – Dejá las carpetas en recepción, y venite en diez minutos a mi oficina- le ordenó su jefe. Claudio no era un hipócrita, y esto no era poco para un jefe "Prefiero un hijo de puta a un hipócrita" le había dicho una vez un amigo. Afirmación con la cual, Gastón estaba absolutamente de acuerdo. Sin lugar a dudas, era preferible saber con quien se trataba, aunque fuese el peor asesino, y no convivir con alguien que te dice que te quiere, que quiere tener hijos con vos, y de un día para otro te fulmina con una frase como "necesito aire" o " la nuestra es una relación estéril" Ya no tenía sentido seguir dando vueltas sobre eso, se dijo a si mismo y se dirigió a la oficina del jefe.
-Bueno Gastoncito, a ver que tenemos aquí- Claudio miraba la pantalla de la laptop y con su mano derecha se rascaba la pera. Gastón se mostraba impasible. Ese tipo de reuniones ya no lo asustaban. Era una revisión de los resultados del trimestre.
-Sobre el pucho remontaste un poco- le dijo el jefe y continuó: -Te salvo Cristo Rey de Rafael Calzada-
-Dios apreta pero no ahorca- respondió Gastón.
-Está bien, pero este trimestre tenés que vender mucho más- dijó enfático.
-Como si no quisiera Claudio, ¿O vos crees que no me gustaría ganar la totalidad de premio trimestral?-
-Bueno, entonces queremos lo mismo- reflexionó el jefe y continuó- Ahora con esta nueva zona que te adjudiqué vas a poder duplicar las ventas sin inconvenientes-
-Bueno, bueno, que ya sé que soy bueno pero tampoco te quiero desilusionar- Dijo Gastón abrumados por los objetivos.
-No es porque seas bueno o malo, cualquier ejecutivo de ventas debería poder alcanzar estos objetivos.- dijo Claudio y le alcanzó una hoja con las metas.
Gastón leyó desanimado la papeleta. -Está bien, voy a ser lo que pueda- concluyó Gastón sin darle importancia a sus palabras. Eran las seis de la tarde y para colmo estaba lejísimo de su casa. Tenía unas ganas enorme pegarse una ducha bien caliente.
-Una última cosita Claudio, para cerrar-Antes de retirarse,se acordó de algo de suma importancia para él.
-Si decime- le contestó el jefe que no despegaba la mirada de la máquina.
-Si yo cumplo con los objetivos, ¿Me aumentan el sueldo?- preguntó, y sin dejarle contestar le recordó: -Te acordas que ya lo habíamos hablado y me habías dado el okey-
-Me acuerdo, pero nunca te dije que si-
-Pero entonces como es, me dan una nueva zona, me suben el objetivo de ventas pero ustedes no mueven un dedo- dijo Gastón irritado.
-Yo no dije que si, pero tampoco dije que no. Lo que te puedo adelantar es que eso esta hablado con el gerente comercial y el se comprometió que lo iba a estudiar- le contestó mirándolo a los ojos.
-Bueno espero que no sea tardo en aprender- dijo Gastón destilando veneno, mientras se colgaba la mochila y se marchaba.
Agarró el 79 en la terminal, limpio y con olor a Poett. El calorcito de la gente y los baches de Pasco funcionaron como el mejor somnífero y casi se podría decir que no durmió: quedó inconciente. El viaje de Temperley a Monte Grande fue corto y casi no le dio tiempo a maldecir su suerte, antes de las nueve estaba en el almacén de la esquina comprando una bochita de mortadela y dos cervezas descartables bien heladas. Quería meterse en la cucha lo antes posible. Mirar el noticiero con el viejo, algún partido perdido...
Capítulo X
-Hooola- se anunció en la oscuridad del living. Qué raro, ¿Dónde se metió este viejo?- Escuchó risas de mujer que venían desde el patio cubierto y pensó inmediatamente, esa no puede ser mi abuela...
En el jardín techado, sentados en en los sillones de hierro con almohadones a rayas azules, estaban su abuelo y la vecinita de al lado charlando animadamente..
-Hola- interrumpió Gastón parado ridículamente en el medio del patio, con la mochila puesta.
-Hola hijo- lo saludó su abuelo con notable simpatía.-Te acordarás de mi nieto...- dijo con tono embelesado.
-Claro, ¿Cómo andás nene?- la mujer se levantó de inmediato. Gastón saludó mecánicamente, estaba pasmado por la sorpresa. ¿Qué hace esta mujer acá?, pensó para si mismo. Sobre la mesa había un moscato con unos palitos salados, restos de queso y un cenicero con colillas de Virginia Slims.
-¿No tienen frío acá?- fue lo único que se le ocurrió decir.
-¡Es lo que le digo a esta muchacha! Pero ella insiste en que no le gusta fumar adentro de las casas. ¡Por dios! En mi tiempo podías fumar al lado de un recién nacido que no pasaba nada, era más fuerte la gente, viejo...- dijo el abuelo yéndose de pista como siempre.
-¡Ay, si no es problema! Además está preciosa la noche- contestó la mujer y cruzó una mirada eléctrica con el abuelo. -¿No querés tomar algo?- le preguntó amable.
-Nooo, gracias, me encantaría. Te venía a avisar abuelo que me voy a la casa de Hernán a cenar- dijo comprendiéndolo todo en un segundo.
-¿Viniste hasta acá a decirme que te vas?- le preguntó brusco el viejo.
-Bueno... dejálo, encima que te avisa.- intervino la vecina con tono simpático.
-Un gusto de nuevo señora, nos estamos viendo- se despidió educado Gastón.
-Voy a buscar hielo. Esto caliente te hace doler la cabeza- adelantó el abuelo siguiendo a Gastón a la cocina.
-¿Qué guardás ahí?- preguntó el abuelo esperando su turno al lado de la heladera, mientras Gastón descargaba las provisiones en el estante del congelador vacio.
-Te traigo refuerzos, por las dudas...- contestó con una media sonrisa.
-No me cargués pendejo- dijo, esquivando la mirada y descargando la cubetera en un tupper rojo. -No llegués tarde, después de la cena en lo de Hernan, que mañana tenés que laburar...- dijo y soltó una risita socarrona.
-Voy tratar. Vos cuidate viejo, mirá que ya no sos un pendejo y en el patio hay una corriente de aire...- se despidió Gastón cerrando la puerta tras de si para no escuchar la puteada del abuelo.
En el jardín techado, sentados en en los sillones de hierro con almohadones a rayas azules, estaban su abuelo y la vecinita de al lado charlando animadamente..
-Hola- interrumpió Gastón parado ridículamente en el medio del patio, con la mochila puesta.
-Hola hijo- lo saludó su abuelo con notable simpatía.-Te acordarás de mi nieto...- dijo con tono embelesado.
-Claro, ¿Cómo andás nene?- la mujer se levantó de inmediato. Gastón saludó mecánicamente, estaba pasmado por la sorpresa. ¿Qué hace esta mujer acá?, pensó para si mismo. Sobre la mesa había un moscato con unos palitos salados, restos de queso y un cenicero con colillas de Virginia Slims.
-¿No tienen frío acá?- fue lo único que se le ocurrió decir.
-¡Es lo que le digo a esta muchacha! Pero ella insiste en que no le gusta fumar adentro de las casas. ¡Por dios! En mi tiempo podías fumar al lado de un recién nacido que no pasaba nada, era más fuerte la gente, viejo...- dijo el abuelo yéndose de pista como siempre.
-¡Ay, si no es problema! Además está preciosa la noche- contestó la mujer y cruzó una mirada eléctrica con el abuelo. -¿No querés tomar algo?- le preguntó amable.
-Nooo, gracias, me encantaría. Te venía a avisar abuelo que me voy a la casa de Hernán a cenar- dijo comprendiéndolo todo en un segundo.
-¿Viniste hasta acá a decirme que te vas?- le preguntó brusco el viejo.
-Bueno... dejálo, encima que te avisa.- intervino la vecina con tono simpático.
-Un gusto de nuevo señora, nos estamos viendo- se despidió educado Gastón.
-Voy a buscar hielo. Esto caliente te hace doler la cabeza- adelantó el abuelo siguiendo a Gastón a la cocina.
-¿Qué guardás ahí?- preguntó el abuelo esperando su turno al lado de la heladera, mientras Gastón descargaba las provisiones en el estante del congelador vacio.
-Te traigo refuerzos, por las dudas...- contestó con una media sonrisa.
-No me cargués pendejo- dijo, esquivando la mirada y descargando la cubetera en un tupper rojo. -No llegués tarde, después de la cena en lo de Hernan, que mañana tenés que laburar...- dijo y soltó una risita socarrona.
-Voy tratar. Vos cuidate viejo, mirá que ya no sos un pendejo y en el patio hay una corriente de aire...- se despidió Gastón cerrando la puerta tras de si para no escuchar la puteada del abuelo.
Capítulo XI
Cuando estuvo en la vereda, se dio cuenta que no tenía donde ir. Estaba contento por su abuelo, pero hacía un frío bárbaro y ni siquiera había podido ir al baño. Llamó a Hernán y le dio directo la casilla de mensajes, -Seguro que todavía está laburando.- Decidió dar un par de vueltas, hasta que se le ocurriera algo. Sacó una tuca del bolsillo, que era lo único que había rescatado antes de marcharse. Fumó placenteramente y se dejó llevar por su instinto. Caminó y caminó, sin seguir un rumbo fijo. Antes de llegar a Boulevard Buenos Aires sintió que le chistaban desde atrás.
-¡Gastón Aníbal Galliano! Desde las sombras espesas, debajo de un álamo, la figura de una mujer se transparentaba como un fantasma. Tuvo miedo de estar alucinando y se echó para atrás.
-¡No tengas miedo! ¡Soy yo! ¿No me reconocés?- la silueta se acercó a la parte iluminada de la vereda. Era la vecina de camisón blanco que había cruzado la otra vez.
-¡Soledad!- dijo Gastón maravillado.
-¡Que hacés chiquito!- Dijo la chica y le dio un beso.
Gastón no lo podía creer, estaba frente a la chica Spataro, la muchacha más preciosa que había conocido en la secundaria. Fue su compañera de Inglés particular durante varios años, pero hacía mucho tiempo que no sabía nada de ella. Era una de los tantas amistades que se había hecho al mudarse a los catorce años a la ciudad de Monte Grande. Cuando su papá lo envió a vivir con los abuelos, después de la muerte de su mamá. Anibal trabajaba de viajante de comercio, su intinerario y la profunda depresión en la que se había estacionado le impedían cuidar de nadie.
En el barrio Gastón hizo grandes amigos, muchos de ellos todavía estaban por ahí, como el Titi y Hernán. Pero la mayoría habían entrado en una nebulosa hacía años, que le impedía saber prácticamente nada de ellos. Pero ahora, nuevamente parado frente a ella, todas las tardes de la adolescencia se cristalizaban en los ojos verdeazulados de Soledad, que lo miraba como si recién se hubiera quitado el blazer y la camisa celeste.
- ¿Que hacés caminando por la calle a esta hora?- le preguntó Gastón intrigado.
- Descanso- contestó Soledad naturalmente.
-¿Cómo es eso?-
- A ver- dijo Soledad y empezó a enumerar con los dedos- Descanso del trauma bipolar de mi jefa, que a los dos minutos de felicitarme me amenaza con suspenderme; descanso de mi ex-marido que todos los días inventa algo nuevo con su abogado para hundirme en lo más profundo del fango; descanso de mi mamá a la que todos los días le duele una parte del cuerpo diferente, etc, etc. Mirá, no tengo ganas de seguir porque ahora estoy en mi elemento- dijo esta última frase con una mirada resplandeciente.
-¿En tu elemento?- preguntó Gastón que la escuchaba maravillado.
¡Ahora estoy sola por fin! A lo sumo se escucha el motor de un auto rezagado a lo lejos, o te cruzás con alguien que busca apaciguarse en la soledad y silencio de la noche, ¿no?- dijo Soledad y lo miró a Gastón esperando una respuesta.
-Digamos que no es mi caso-contestó Gastón, después de un breve silencio. Yo salí a dar una vuelta porque mi abuelo... eh... como te puedo explicar-dijo Gastón dubitativo hasta que encontró la frase adeacuada, -Mi abuelo está cortejando a la vecina. Eso, exactamente- afirmó sonriente.
-Ja,ja. No te puedo creer. Tu abuelo es el viejito de la gorra, que se llama Jorge ¿No?, que grande...- Soledad y Gastón reían. Ella estaba preciosa como siempre. Esa mirada eteréa Gastón la había guardado en los más profundo de su inconciente y ahora resurgía como las flores en primavera.
-Bueno, voy a seguir mi camino- dijo Soledad.
-Yo voy a ir a comer algo, si querés sumarte podés alejarte del mundo con la panza llena- le propuso con tono amigable.
-Otro día puede ser pollito. Ahora me voy porque me enganché con una serie de ex famosos de Vh1 ¡Qué tiene el guión más cínico que vi en mi vida! Parece "Crimen y Castigo", jaja- dijo Soledad plantándole un beso húmedo en la mejilla -¡Qué sigas bien!- y se fue desapareciendo en la sombra de la vereda.
-Vos también. Seguro nos cruzamos otra noche Sole- alcanzó a decir Gastón antes que la estela de camisón desapareciera de su vista.
Gastón encaró para la parrillita de la estación. No quería pecar de inoportuno. Apuró un sandwich de bondiola con una cerveza antes de emprender el regreso. La casa estaba oscura y silenciosa, y con olor a cigarrillo. Se dio una ducha rápida y se metió en la cama. Los ronquidos de su abuelo, esa noche, sonaban menos atronadores; como escuchar en la oscuridad el tren desde la cama. Entre amables pensamientos, después de mucho tiempo, pudó tomar una decisión importante:
-¡Voy a comprar una estufa de tiro balanceado, porque en esta casa te cagás de frío!- pensó en voz alta.
Esa noche, después de muchas noches, Gastón pudo dormirse, sin dar cien vueltas en la cama.
-¡Gastón Aníbal Galliano! Desde las sombras espesas, debajo de un álamo, la figura de una mujer se transparentaba como un fantasma. Tuvo miedo de estar alucinando y se echó para atrás.
-¡No tengas miedo! ¡Soy yo! ¿No me reconocés?- la silueta se acercó a la parte iluminada de la vereda. Era la vecina de camisón blanco que había cruzado la otra vez.
-¡Soledad!- dijo Gastón maravillado.
-¡Que hacés chiquito!- Dijo la chica y le dio un beso.
Gastón no lo podía creer, estaba frente a la chica Spataro, la muchacha más preciosa que había conocido en la secundaria. Fue su compañera de Inglés particular durante varios años, pero hacía mucho tiempo que no sabía nada de ella. Era una de los tantas amistades que se había hecho al mudarse a los catorce años a la ciudad de Monte Grande. Cuando su papá lo envió a vivir con los abuelos, después de la muerte de su mamá. Anibal trabajaba de viajante de comercio, su intinerario y la profunda depresión en la que se había estacionado le impedían cuidar de nadie.
En el barrio Gastón hizo grandes amigos, muchos de ellos todavía estaban por ahí, como el Titi y Hernán. Pero la mayoría habían entrado en una nebulosa hacía años, que le impedía saber prácticamente nada de ellos. Pero ahora, nuevamente parado frente a ella, todas las tardes de la adolescencia se cristalizaban en los ojos verdeazulados de Soledad, que lo miraba como si recién se hubiera quitado el blazer y la camisa celeste.
- ¿Que hacés caminando por la calle a esta hora?- le preguntó Gastón intrigado.
- Descanso- contestó Soledad naturalmente.
-¿Cómo es eso?-
- A ver- dijo Soledad y empezó a enumerar con los dedos- Descanso del trauma bipolar de mi jefa, que a los dos minutos de felicitarme me amenaza con suspenderme; descanso de mi ex-marido que todos los días inventa algo nuevo con su abogado para hundirme en lo más profundo del fango; descanso de mi mamá a la que todos los días le duele una parte del cuerpo diferente, etc, etc. Mirá, no tengo ganas de seguir porque ahora estoy en mi elemento- dijo esta última frase con una mirada resplandeciente.
-¿En tu elemento?- preguntó Gastón que la escuchaba maravillado.
¡Ahora estoy sola por fin! A lo sumo se escucha el motor de un auto rezagado a lo lejos, o te cruzás con alguien que busca apaciguarse en la soledad y silencio de la noche, ¿no?- dijo Soledad y lo miró a Gastón esperando una respuesta.
-Digamos que no es mi caso-contestó Gastón, después de un breve silencio. Yo salí a dar una vuelta porque mi abuelo... eh... como te puedo explicar-dijo Gastón dubitativo hasta que encontró la frase adeacuada, -Mi abuelo está cortejando a la vecina. Eso, exactamente- afirmó sonriente.
-Ja,ja. No te puedo creer. Tu abuelo es el viejito de la gorra, que se llama Jorge ¿No?, que grande...- Soledad y Gastón reían. Ella estaba preciosa como siempre. Esa mirada eteréa Gastón la había guardado en los más profundo de su inconciente y ahora resurgía como las flores en primavera.
-Bueno, voy a seguir mi camino- dijo Soledad.
-Yo voy a ir a comer algo, si querés sumarte podés alejarte del mundo con la panza llena- le propuso con tono amigable.
-Otro día puede ser pollito. Ahora me voy porque me enganché con una serie de ex famosos de Vh1 ¡Qué tiene el guión más cínico que vi en mi vida! Parece "Crimen y Castigo", jaja- dijo Soledad plantándole un beso húmedo en la mejilla -¡Qué sigas bien!- y se fue desapareciendo en la sombra de la vereda.
-Vos también. Seguro nos cruzamos otra noche Sole- alcanzó a decir Gastón antes que la estela de camisón desapareciera de su vista.
Gastón encaró para la parrillita de la estación. No quería pecar de inoportuno. Apuró un sandwich de bondiola con una cerveza antes de emprender el regreso. La casa estaba oscura y silenciosa, y con olor a cigarrillo. Se dio una ducha rápida y se metió en la cama. Los ronquidos de su abuelo, esa noche, sonaban menos atronadores; como escuchar en la oscuridad el tren desde la cama. Entre amables pensamientos, después de mucho tiempo, pudó tomar una decisión importante:
-¡Voy a comprar una estufa de tiro balanceado, porque en esta casa te cagás de frío!- pensó en voz alta.
Esa noche, después de muchas noches, Gastón pudo dormirse, sin dar cien vueltas en la cama.
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